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La Dama de Tenerife
Fecha: 20/05/2026, Categorías: Dominación / BDSM, Autor: Jon Dom 50, Fuente: TodoRelatos
... te excita? —Sí. —¿Porque te sientes… descubierta? —Tal vez. También afortunada y poderosa con todos estos lujos… Sabes que me gusta. —¿Y si ella lo contara? —No lo haría. —¿Cómo lo sabes? —Porque tú lo sabrías. Y no lo permitirías. —¿Tanto control crees que tengo? —Sí. —Entonces, ¿por qué me preguntaste si te pondría nerviosa? —Porque… me gusta sentir que tú controlas todo. Incluso mis miedos. Cenaron. Hugo dejó el cuchillo y se limpió los labios con la servilleta. —¿Por qué te casaste? Sofía dejó el tenedor sobre el plato. No había terminado, pero la pregunta la había detenido como una luz roja en mitad de una carretera. —Porque creí que me haría feliz. —¿Y te hizo feliz? —Al principio, sí. —¿Y ahora? —Ahora no siento nada. Ni felicidad, ni tristeza. Solo… vacío. Me siento muerta en vida. —¿Qué sucedió entretanto? —Pasó la vida. La desaprovechamos. La despreciamos. —¿Por qué no te vas? —Porque no sé si podría vivir sola. Porque no quiero estar sola. —¿Y por qué no me pides quedarte conmigo? —Porque no es eso lo que busco ni es lo que tu deseas. —¿Y qué buscas? —Que me digas qué hacer. Que me ordenes. Que me hagas sentir… que soy tuya. —¿Y qué harías si te lo dijera? —Obedecer. —¿Aunque te doliera? —Sí. —¿Aunque te humillara? —También. —¿Y si tu marido lo descubriera? —Entonces… me gustaría que me castigara. O que me dejara. Pero no lo haría. Solo se encerraría en sí ...
... mismo. Es un pusilánime. —¿Porqué aceptaste mi invitación, Sofía? —Porque… tú me ves. No como solo una esposa. Ni como solo una mujer casada. Me ves como una mujer. Con deseos. Con necesidades. —Eso es interesante. —¿Por qué? —Porque te excita obedecerme… pero también te duele que yo decida no quererte. —Sí. —¿Y qué sientes ahora? —Miedo. Y deseo. —¿Cuál es más fuerte? —El deseo. So what Él se levantó y le tendió la mano. Ella la tomó. Juntos, se dirigieron al salón privado de la suite, donde una chimenea ardía con llamas azules. La música había cambiado. Ahora sonaba So what de Miles Davis. Una melodía envolvente, con un piano suave que parecía hablar directamente al alma, el sonido del jazz. Luego la trompeta de Miles eleva el tema a niveles divinos. —Siéntate —le dijo, señalando un sillón de cuero negro. Ella obedeció. —¿Confías en mí? —Sí. —Entonces dime algo que nunca le hayas dicho a nadie. Ella lo miró, sorprendida. Se tomó su tiempo de reflexión, el labio inferior le temblaba. —¿Como una confesión? —Algo que tus labios nunca han pronunciado por temor o vergüenza. Ella se quedó en silencio. Largo. Profundo. —Una vez… —empezó, con voz baja—. Una vez, cuando estaba en la universidad, me follé a un profesor en su despacho. Y no fue por poder. Ni por nota. Fue porque me gustaba que me dominara. Que me dijera qué hacer. Que me hiciera sentir… pequeña y frágil. Algo accesorio, prescindible, que se podía utilizar ...