1. A los Pies de Jennifer I: La Primera Sesión


    Fecha: 10/06/2026, Categorías: Dominación / BDSM, Autor: luciamg, Fuente: TodoRelatos

    La puerta automática se abrió con un susurro y una bocanada de aire más fresco que el de la calle le rozó la cara. Hugo miró el rótulo discreto junto al timbre —“Psicología Clínica · Jennifer”— y tragó saliva. Eran las 18:02 de un martes cualquiera, pero su pecho latía como si hubiera llegado tarde a un examen. Llevaba una sudadera gris con capucha, vaqueros algo gastados y unas zapatillas blancas demasiado limpias para lo que solía pisar. Tenía veintidós años y la sensación tonta de que todo el mundo podía verle los nervios en la cara.
    
    La sala de espera era de un minimalismo casi calculado: dos butacas color crema, una mesa baja con revistas de psicología y decoración, una planta alta que trepaba hacia la luz de una ventana mate, y olor a madera y a una nota suave de vainilla. A la derecha, tres diplomas enmarcados—licenciatura, máster, colegio profesional—alineados al milímetro. A la izquierda, una puerta con cristal esmerilado y un tirador metálico. Detrás de ese cristal, imaginaba, estaba ella.
    
    Se sentó. Apoyó las manos entre las rodillas para que le dejaran de temblar. Intentó leer los titulares de una revista abierta, pero las letras se le amontonaban. “No seas idiota, es solo una primera sesión”, se dijo, mirando su reflejo en el cristal: pelo algo largo sin peinar, ojeras leves, ese gesto suyo de niño pillado que no terminaba de abandonar el rostro. Se pasó la lengua por los labios. Secos. “Céntrate.”
    
    El sonido llegó primero: tac, tac, tac. Tacones finos al ...
    ... otro lado de la puerta. No fue un estruendo; fue una cadencia medida, firme, como si cada paso fuese una decisión que no admitía réplica. El tirador se movió con un clic, la puerta se abrió, y Hugo levantó la vista con la obediencia reflejo de quien se sabe observado.
    
    Jennifer apareció exactamente como una promesa hecha carne. Alta —más alta que él, seguro—, 1,80 de líneas precisas y bronce dorado. El moño rubio recogía una melena que, aun domada, pedía caer; la blusa blanca delineaba el pecho con una autoridad tranquila; la falda lápiz negra le abrazaba las caderas y marcaba una silueta de reloj de arena que hacía que el pasillo pareciera demasiado estrecho para ella. Los tacones de aguja parecían parte natural de sus piernas largas. Las gafas de pasta enmarcaban unos ojos azules que no necesitaban elevar la voz para imponer respeto. Y los labios rojos, atentos incluso cuando no sonreían.
    
    —Hugo —dijo, cálida y firme, sin preguntar—. Pasa, por favor.
    
    No fue solo la voz; fue la manera en que sostenía su nombre en la lengua, con una calma que parecía prescribir. Hugo se puso en pie demasiado rápido, notó el tirón de la sudadera en los hombros y se reprochó por no haber llevado una camisa. Se acercó con pasos cortos, mirando la puerta como un objetivo para no mirar su cintura, ni el cruce medido de sus piernas, ni el brillo de su pintalabios.
    
    Cuando cruzó el umbral de la consulta, el mundo cambió de textura. El suelo pasó a ser de madera oscura; las paredes, en un ...
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