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El manitas y la barandilla de Silvia
Fecha: 30/06/2026, Categorías: Hetero Autor: AlbertoXL, Fuente: TodoRelatos
... amplio escote y luego volvió a mirarme. — ¡La barandilla! —inquirió— ¿Por qué no es blanca? — Es una imprimación para proteger la madera contra la humedad —expliqué de forma banal, devolviéndole su café con una sonrisa— Una vez que se seque, la pintaré como dijiste, igual que la moldura. — Ah, vale. — ¿Has podido dormir? —quise saber. — Sí, supongo… — No me digas que te he despertado. — No, que va —respondió cogiéndome del brazo—. Es que últimamente estoy de los nervios. La aprovechada de mi jefa lleva meses poniéndome en el turno de noches; el imbécil de mi novio se largó porque estoy insoportable, y ahora la barandilla… La verdad era que, sorbiendo su café con el pelo recogido y aquella bata que dejaba sus piernas a la vista, Silvia se veía increíblemente sexy. Sus piernas firmes, sumadas a la voluptuosidad de sus caderas, causaron efecto en mí. En un santiamén noté la incipiente hinchazón bajo mis pantalones y el deseo comenzó a nublarme el pensamiento. — Deberías aliviar todo ese estrés —sugerí tomando su mano y llevándola a mi entrepierna—, y casualmente yo puedo ayudarte. La mujer me miró con estupor, paralizada, muda. De modo que sonreí y la ayudé a recorrer mi recia envergadura mientras la miraba fijamente desde arriba, quieto, expectante, aguardando a a saber si consideraba mi oferta. — Claro, ¿por qué no? —comentó tras rehacerse, todavía enojada—. Pero que sea un buen polvo. Le cedí el paso y la seguí adentro, sacándome las ...
... botas de mala manera y dejándolas fuera. Mientras dejaba la taza en el fregadero, me coloqué detrás y al tiempo que amasaba sus pechos con ambas manos la besé en el cuello para hacerla jadear de gusto. Por su parte, y a pesar de encontrarse de espaldas, la mujercita logró deslizar una mano bajo la cintura de mis jeans y se apoderó de mi hombría con seguridad y fervor. Sin embargo, cuando quise echar mano a su sexo, Silvia se revolvió. Se mordía la comisura de la boca mientras meneaba arriba y abajo el grueso cilindro que sus deditos apenas si alcanzaban a envolver. Luego la seguía al dormitorio. Allí se sentó en el borde de la cama y tiró de mí hasta tenerme entre sus piernas. — Veamos qué tienes aquí —dijo apresurándose a desabrochar mi cinturón. Me quité la camiseta en tanto ella desabotonaba uno a uno los botones de mis jeans. Entusiasmado, observé como sus gráciles dedos se desenvolvían a las mil maravillas con mi ropa. Así que solo la retuve un segundo para quitarme los vaqueros antes de ponerme de pie con la polla delante de sus narices, más tiesa que nunca. Alarmada, sobrecogida, impresionada, Silvia me contempló como si fuese su Dios. — ¡Mierda! ¡Menudo pollón! — Pues es justo lo que necesitas, encanto —dije tomándola por la barbilla antes de inclinarme para besarla ardientemente. Intentando contener mi ímpetu, me subí a la cama, me acosté boca arriba y puse una pierna a cada lado mientras ella se giraba para mirarme; sin soltar nunca mi miembro, ...