1. Espiando a la novia de mi hermano


    Fecha: 24/07/2026, Categorías: Voyerismo Autor: Voluptas, Fuente: TodoRelatos

    No fue planificado. Nunca lo son estas cosas.
    
    Tengo 43 años. Divorciado. Una hija a la que veo fines de semana alternos. No soy un pervertido, aunque a veces me cuesta sostener esa afirmación con firmeza. Trabajo en contabilidad. Viajo poco. Y casi nunca bebo. Pero esa vez… algo se desvió. Como si el destino me hubiese empujado a cruzar una línea invisible.
    
    Me perdí, literalmente. Buscaba el baño en esa finca convertida en hotel rural, alquilada para una boda de fin de semana. Entré por la puerta equivocada, subí unas escaleras mal señalizadas, y me encontré frente a una habitación entreabierta. Todo lo demás se desdibujó.
    
    Ella estaba de espaldas al espejo, en ropa interior, probándose los últimos detalles de su lencería nupcial. El vestido blanco colgaba, como un espectro de pureza, del perchero. Pero lo que llevaba puesto... era otra historia.
    
    El encaje blanco, translúcido, se ceñía a su cuerpo como cosido con la lengua. El sujetador, si podía llamarse así, apenas cubría sus pezones duros, marcando las areolas pequeñas y rosadas con indecencia. La braguita de cintura alta se metía entre las curvas perfectas de su vientre y sus caderas, apretando su coño con un descaro casi obsceno.
    
    El liguero abrazaba sus muslos como si la sujetara el mismo pecado, y las medias, de blonda delicada, subían hasta casi rozarle el sexo… húmedo, tibio, visible como una flor abierta. Allí, entre las piernas, el encaje brillaba mojado. No era sudor. Era algo más profundo. Más sucio. ...
    ... Como si su cuerpo supiera, antes que ella, que estaba siendo observada.
    
    Su piel era de un tono rosa pálido, tersa, luminosa, como si nunca hubiese sido tocada más que por el sol o por la seda. El cabello, largo, castaño con reflejos de miel, le caía por la espalda como un velo, ocultando y revelando al ritmo de cada movimiento. Caminaba descalza sobre la alfombra blanca de la habitación, y cada paso hacía que sus nalgas firmes se mecieran bajo la tela como dos frutos maduros envueltos en encaje.
    
    Tragué saliva. Sentí el sudor frío bajarme por la espalda mientras la miraba desde el umbral entreabierto. Soy ateo —lo he sido toda mi vida—, pero en ese momento juro que contemplé algo que rozaba lo divino. Una virgen de encajes. Una visión tan impura como milagrosa.
    
    Me quedé quieto, apenas respirando, con la mirada atrapada como un animal ante una llama. Era como si el tiempo se hubiera ralentizado. Vi cómo ajustaba las ligas una a una, con dedos temblorosos. Cómo se inclinaba, de perfil, permitiéndome ver el arco perfecto de su espalda y la curva firme de su cadera. Y cómo, al final, se detuvo frente al espejo, observándose con una mezcla de orgullo y nerviosismo.
    
    Su rostro era una contradicción hermosa: los ojos grandes y la boca carmesí contrastaban con la vulnerabilidad de ese momento íntimo. Acarició con lentitud su propio vientre, como comprobando que era real. Luego sus dedos bajaron apenas... un roce sutil, furtivo, entre las piernas.
    
    Mi glande golpeó contra ...
«1234»