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Mi negro maravilloso, el inicio de la locura
Fecha: 27/07/2026, Categorías: Sexo Interracial Autor: Isabel, Fuente: CuentoRelatos
... me pregunten qué mentira le conté a Marido para salir de casa a esa hora —con pants: me cambié en el garaje del edificio: el vestido, los tacones y los accesorios estaba en la cajuela) y aguanté hasta llegar a su hotel. Temblaba de miedo mientras nos registramos. Temblaba de deseo en el ascensor. Temblaba de impaciencia cuando él entró al baño por una urgencia. Temblaba de todo. Estaba excitadísima, caliente a más no poder, empapada y temerosa: si la verga del Mago era como él, sería —y sí— la más grande que me hubiese entrado nunca, de lejos. Ya él, de por sí, mulato y enorme, era lo más grande que me había metido mano. En el momento en que salió del baño, dejé que se deslizara mi vestido y quedé ante sus ojos solo con la tanga y los tacones. Me di la vuelta y me recargué en la ventana abierta, mirando la ciudad. Sentía su mirada en mi espalda desnuda y en mis nalgas, que tantas había mirado cubiertas de ropa, que tanto le gustaban, le gustan, lo sé. Escuché como cambiaba el ritmo de su respiración. Yo lo esperaba. Y me recliné sobre los inmensos tacones, para que admirara aún más ni culo. Se acercó, lo sentí acercarse, desnudándose en el camino. Sus manos enormes rodearon mi talle, casi abarcándolo entero; su cuerpo se pegó al mío y sentí la enormidad de su verga en mi trasero, entre mis nalgas. Su lengua jugó en mi nuca y mis hombros, sus manos subieron suavemente hasta apoderarse de mis pezones, que oprimió dulcemente, con el cuidado de sus manazas. Me acarició ...
... toda entera, sin que yo me moviera, hasta que no aguanto más y me doy la vuelta para mirar su torso desnudo, espléndido, vestido apenas con una trusa que no ocultaba su enorme pito. Mientras lo miraba, él me bajaba delicadamente la tanga. Luego se bajó el suyo y su verga brincó como un resorte, enorme, morada, surcada de venas. Se acercó a mí para seguir tocándome, recorriendo con sus dedos mi vientre, mi cintura, mis nalgas. Yo, temerosa, agarré su verga con ambas manos. Él se lanzó sobre mi boca y al fin, después de tras años de desearnos, nos besamos. Solté su verga, cuya firmeza había calibrado, para agarrarme de sus nalgas mientras nuestras lenguas se fundían en una. Aun sobre los tacones, él quedaba muy arriba y sentía su verga en el estómago. Tenía ganas de bajarme a mamársela, a hacerla mía con la lengua y los labios, pero no quería separarme de su boca… y él se me adelantó: sus labios bajaron por mi cara y mi cuello, sacándome totalmente de quicio. Se detuvo en mis pechos y succionó mis pezones, mientras me acariciaba, me acariciaba, me acariciaba. Yo gemía. Se acercó pasando por mi ombligo. Yo abrí las piernas, parada en mis tacones, para permitir que su lengua, larga, húmeda y tibia, jugara en mi sexo y se introdujera en mi vagina. Sentía la muerte. Desfallecida recargué mis nalgas sobre el pretil de la ventana, para darle mayor campo de maniobra. Cerré los ojos y lo dejé hacer. Luego, el Mago recorrió a la inversa, con igual parsimonia, el camino de ida, ...