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Mi sobrinito
Fecha: 28/07/2026, Categorías: Bisexuales Incesto Lesbianas Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
Nunca imaginé que una sola decisión cambiaría por completo mi forma de ver las cosas. Al principio, todo parecía un mal sueño, una de esas historias que escuchas de otros pero jamás crees que te sucederán. Sin embargo, con el tiempo, comprendí que había perdido algo más que una relación: había perdido la confianza. Camila, mi hermana, y su pequeño hijo Pablo vivían solos. Aprovechando la excusa de mi profunda soledad, los invité a vivir conmigo. Ella, con solo 21 años, aceptó sin dudarlo. Desde entonces, nuestras noches se llenaron de conversaciones interminables y copas de vino que ella solía traer a la casa, como si en esas charlas pudiéramos remendar las ausencias que cada una cargaba. Con el tiempo, la compañía de Camila se convirtió en un refugio, y juntas comenzamos a imaginar un nuevo rumbo. Pensamos en abrir un negocio entre las dos, algo sencillo pero que nos mantuviera ocupadas. Comprábamos cosas por internet con la idea de revenderlas en mi vecindario, convencidas de que, además de ayudarnos económicamente, nos daría una nueva motivación para seguir adelante. Con este negocio, ni siquiera tenía que salir de casa, lo que me permitía evitar cualquier incómoda confrontación con los hombres. En ese momento, mi desconfianza hacia ellos había llegado a tal punto que preferimos enfocarnos únicamente en productos femeninos. Desde el principio, nos fue sorprendentemente bien, ganando lo suficiente para mantenernos y darnos ciertos lujos. Nos asegurábamos de ofrecer solo ...
... productos de alta calidad, lo que rápidamente nos hizo ganar la confianza y fidelidad de nuestras vecinas. La convivencia con mi sobrino también resultó maravillosa. A pesar de que nunca había vivido con él, la adaptación fue natural y sin incomodidades, ni al principio ni cuando empezaron a suceder los acontecimientos que aquí relataré. Pablo era un niño lleno de energía, cursaba su primer año de colegio y, afortunadamente, el bus escolar lo dejaba justo en la puerta de nuestra casa, lo que nos evitaba la necesidad de salir. En las tardes, jugaba con nosotras en el jardín, siempre con su pelota de fútbol, y por las noches le encantaba que le contara cuentos. Su favorito era uno sobre dragones, especialmente uno muy conocido, que me pedía repetir una y otra vez con la misma emoción de la primera vez. En una de nuestras noches de hermanas, aquellas en las que hablábamos sin parar bajo la sombra de innumerables copas de vino, tocamos un tema que hasta ese momento había sido casi intocable: los hombres. Yo seguía estando completamente reacia, con una aversión que no lograba superar. Pero mi hermana, aún tan joven, me hizo saber con una sinceridad desarmante que sentía la necesidad de cumplir con ciertos deseos y necesidades, cosas que, aunque yo comprendía, me resultaban difíciles de abordar. —Los hombres no son necesarios —recuerdo haberle dicho a Camila, con la misma convicción con la que rechazaba cualquier posibilidad de volver a confiar en ellos—. Si tan cachondas andas, pues ...