-
Uniforme de Suspiros Deseos sin Edad Cap 1
Fecha: 31/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Rchp, Fuente: TodoRelatos
... en otro lugar donde ella llegaría caminando, Mario entendió y estuvo mas que de acuerdo . Atardecer en el Parque de las Acacias El fin de semana llegó con el cielo teñido de un naranja espeso, como si el sol hubiera derramado su última gota de luz sobre los tejados de la ciudad. Mario pasó por Zaira a dos cuadras de su casa, como ella había pedido. El coche, un sedán negro de líneas sobrias y ventanas polarizadas, se detuvo en silencio en una zona apartada del Parque de las Acacias, donde los árboles formaban un techo denso de hojas y ramas, filtrando la luz hasta convertirla en un velo dorado que cubría el asfalto agrietado del camino. Zaira llevaba un vestido ligero de lino beige, con mangas cortas que dejaban entrever sus hombros suaves y un cinturón ancho que ceñía su cintura, marcando la transición de su vientre plano hacia las caderas anchas que se balanceaban con cada paso. Sus piernas, desnudas bajo el vestido, brillaban con un velo de crema hidratante, y sus sandalias de tacón bajo crujían contra las piedras sueltas del sendero. Mario, en pantalones de tela oscuros y camisa de cuadros desabrochada hasta el segundo botón, dejando entrever el vello canoso de su pecho, la observó bajarse del coche con un movimiento elegante, casi animal, como si cada gesto tuviera un propósito. —¿Este lugar te parece bien? —preguntó él, señalando el rincón sombreado donde el coche quedaba oculto tras una curva del camino, flanqueado por matorrales de gardenias ...
... silvestres. Zaira asintió, pero su mirada se desvió hacia el horizonte, donde las nubes se quemaban en el ocaso. Había algo en el aire, una densidad que no era solo calor. —Sé que no es correcto —dijo Mario de pronto, sin mirarla. Su voz, grave y rasposa, se mezclaba con el canto de los grillos—. Pero todo el tiempo pienso en ti. En tu risa, en cómo te muerdes el labio cuando estás concentrada, en cómo… en cómo me miras cuando crees que no te estoy viendo. Zaira se quedó inmóvil. El viento movía su falda, acariciándole los muslos como una caricia tímida. —Yo también pienso en ti —confesó ella, bajito, como si las palabras pudieran ser robadas por el aire—. A veces… me cuesta entender por qué. El coche estaba estacionado bajo el dosel de jacarandas, donde la luz del ocaso se filtraba en hebras doradas que se proyectaban sobre el asiento de tela oscura. El viento movía las ramas con un susurro seco, como si el parque entero estuviera conteniendo el aliento. Zaira se sentó a su lado, la puerta cerrada, el interior del sedán quieto, cargado del aroma a café de la mañana y del perfume sutil de vainilla que ella usaba. Mario, sin decir palabra, extendió la mano hacia su rostro. Sus dedos, callosos pero suaves, rozaron la línea de su mandíbula, se deslizaron por su mejilla, se entretuvieron en la curva de su labio inferior. La miró como si estuviera ante algo que no sabía si debía tocar, pero que ya no podía ignorar. —Te ves… diferente hoy —dijo, casi en un murmullo, sin ...