1. Dory visita al Tito Quino


    Fecha: 10/09/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: ambis, Fuente: TodoRelatos

    ... había pasado ese día me había puesto a mil.
    
    De pronto, la puerta se entreabrió.
    
    —Te dejo las toallas aquí, cielo —dijo Laura con voz suave, asomando apenas medio cuerpo. Me miró. No con descaro, sino con algo parecido a fascinación contenida.
    
    Yo no me tapé. Al contrario. Me giré lentamente, dejando que el agua me resbalara por los pechos, por la curva de mis caderas.
    
    —Gracias, Laura —le dije, sonriendo como si nada.
    
    Ella dejó la toalla en la encimera sin apartar la vista de mí. Luego, con naturalidad, se acercó un poco y me rozó el brazo con la yema de los dedos, como ya había hecho antes en el salón. Esta vez, con algo más de intención. Más lenta. Más íntima.
    
    —Tienes un cuerpo precioso, Dory… —susurró, como si se le hubiera escapado. Después se corrigió, sacudiendo la cabeza con una media sonrisa—. Perdona, soy muy expresiva para los halagos. Me voy, te dejo tranquila.
    
    —No te preocupes. Me gusta que me mires —le dije sin pensar, y cuando la frase salió ya no podía recogerla.
    
    Ella se quedó unos segundos más en el marco de la puerta, con los ojos brillando como si no supiera bien qué hacer. Luego se fue, cerrando con suavidad.
    
    Me quedé sola, ardiendo por dentro. No era solo por lo que Laura había dicho, o cómo me había mirado. Era algo que yo no había previsto: el deseo no era exclusivo de Quino. Laura también me estaba alcanzando, como una niebla lenta y dulce, envolviéndome sin permiso.
    
    Cuando salí de la ducha, la puerta de su habitación estaba ...
    ... entreabierta. La vi de espaldas frente al espejo, desabrochándose el sujetador. Sus pechos grandes y pesados cayeron libres con naturalidad, y luego se quitó las braguitas. Era una mujer espectacular, sin complejos. Se puso un camisón de seda que apenas le cubría. Lo hacía con una tranquilidad que me pareció aún más sexy que su cuerpo desnudo.
    
    Giró un poco la cabeza y me vio.
    
    —¿Todo bien, mi niña?
    
    —Perfectamente —le respondí.
    
    Y sí, estaba perfecta. Aunque sabía que esa noche iba a ser difícil dormir sin fantasear con ella. Y con Tito Quino.
    
    Me acosté en la habitación de invitados después de la ducha, con el cuerpo aún tibio y relajado. Me puse una camiseta amplia y nada más. La cama era cómoda, el aire olía a suavizante y madera vieja. Cerré los ojos, aunque sabía que dormir no iba a ser fácil. Estaba demasiado cargada por lo vivido, por lo visto, por lo sentido.
    
    Entonces empezaron los gemidos.
    
    Al principio suaves, casi tímidos, como un murmullo entre las paredes. Pero luego, poco a poco, la voz de Laura se volvió más audible, más desesperada, más abierta. Gemía como si no le importara quién pudiera oírla. Se la oía disfrutando. Suplicando. Gimiendo con el vientre, con la garganta, con todo el cuerpo. El nombre de Quino escapaba de su boca entre jadeos húmedos. A veces lo susurraba, otras lo gritaba con la convicción de alguien que se deja poseer sin reservas.
    
    Me ardían las mejillas. Cerré los ojos y llevé una mano entre mis piernas, como quien busca ...
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