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Dory visita al Tito Quino
Fecha: 10/09/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: ambis, Fuente: TodoRelatos
Pasaron varios días desde la visita del tío Quino, y todavía no podía sacármelo de la cabeza. Tenía el cuerpo encendido, la mente revolucionada... era como si algo en mí se hubiera activado y no encontraba cómo calmarlo. Aquel encuentro, tan intenso y tan inesperado, me dejó marcada. Fue en mi pequeño rincón secreto de la finca de mi padre, y desde entonces, el deseo me quemaba por dentro. Me estaba obsesionando con él. Literal. Intenté distraerme como pude. Pensé que si enfocaba toda esa energía en algo más a mano, se me pasaría. Yo, que siempre había sido un poco intensa, me refugié en los relatos “prohibidos” que encontré entre las cosas de mi padre. Eran historias bastante subidas de tono, muchas hablaban del propio Quino, y no voy a mentir: me excitaban. A veces, mientras leía, mis manos empezaban a moverse solas, bajando por mi cuerpo, hasta perderse entre mis piernas, como si buscaran apagar esa chispa que no dejaba de arder. Lo más curioso era cómo esas lecturas me hacían conocer otra versión del tío. A través de esas páginas lo veía más complejo, más misterioso, más... deseable. Y mi imaginación hacía el resto: inventaba escenas, llenaba vacíos, creaba mundos nuevos donde todo era posible. Me encantaba perderme ahí. Y fue entonces cuando empecé a escribir con más asiduidad. Como si todo eso necesitara salir de mí de otra forma. Inventaba historias nuevas, algunas muy atrevidas, y escribirlas me excitaba casi tanto como leerlas. Al mismo tiempo, estaba ...
... saliendo con Andrés, un chico de la uni que conocí por una amiga. Llevábamos unos meses quedando, pero lo nuestro no era muy intenso. Hasta que pasó lo de Quino. Después de eso, empecé a buscar a Andrés casi todos los días. Necesitaba su contacto, su cuerpo, como si pudiera reemplazar con él lo que había sentido antes. Hacíamos el amor donde podíamos: en rincones escondidos de la finca, en su coche, incluso una vez en un cuarto de mantenimiento de la facultad. Y sí, estaba bien. A ratos conseguía calmar un poco ese fuego que me quemaba por dentro. Pero no era lo mismo. Andrés no era Quino. Ya nada era suficiente. Quería contactar con él como fuera. Empecé por escribirle mensajes inocentes. Del tipo "cómo te va", "qué tal todo", con poco recorrido. El respondía cortésmente, me preguntaba cómo me iba, y también como no, por mi padre. Mi padre afortunadamente iba recuperando fuerzas, y mi madre había venido hacía un par de semanas de casa los abuelos, para quedarse casi un mes. El mismo día que regresó, entendí que mi padre seguía en plena forma, dado que los alaridos nocturnos que escuché de mi madre, no sólo me desvelaron a mitad de la noche, sino que incluso llegaron a excitarme hasta tal punto que no volví a conciliar el sueño. Todo esto se lo conté al tito, como leña que avivara un poco nuestras conversaciones: - El tunante de Tomás, aún tiene fuelle el muy cabrón - me decía a carcajadas en plena conversación telefónica. Se me pasó por la cabeza la alocada idea ...