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Entre lo real y el peligro de mis perversiones sucias
Fecha: 15/09/2026, Categorías: Dominación / BDSM, Fetichismo Infidelidad Autor: FYL07, Fuente: SexoSinTabues30
Yo era agente federal, con años de experiencia, sangre fría… hasta que la conocí. No fue en una redada ni en una operación, fue en una de esas casas donde uno va a buscar placer sin nombre. Pero ella… ella no era una más. Morena, de cuerpo lleno, piel tersa y vello que no ocultaba: entre sus piernas, en sus axilas… justo como me enloquecía. Tenía 27 años, mirada baja y sonrisa tímida. No hablaba mucho, pero me bastó con verla levantar los brazos para enredarme. Un hilo de sudor resbalaba por su axila izquierda, entre el vello negro y corto, y yo… perdí la razón. —¿Tú eres policía? —me dijo bajito, con algo de nervios. No le respondí. Me acerqué, olí su piel cruda, salada, y pegué la boca a esa axila tibia. Ella se tensó, pero no me detuvo. Le besé cada centímetro, su aroma me tenía al borde. La llevé a la cama del cuartito. La abracé desde atrás, la acaricié por debajo del vientre, y cuando mis dedos rozaron sus vellos húmedos, un quejido ronco me confirmó que ella también quería más. Le abrí las piernas, me acomodé entre ellas y le lamí lento, con hambre. Me aferré a su piel, a su sabor, al vello espeso que no ocultaba su deseo. Me lo bebí todo. La penetré con rabia contenida. Ella se dejaba, rendida. Me miraba con ojos de duda y placer. Al final, cuando jadeaba vencida sobre el colchón, me abrazó fuerte y me dijo bajito: —No suelo dejar que hagan eso… No respondí. La besé en la axila sudada una vez más, como quien besa una obsesión. Volví a esa ...
... casa una semana después. No sabía si la encontraría, pero el cuerpo me ardía por repetirla. Entré con la seguridad de siempre, saludé al portero como si fuera rutina… pero al preguntar por ella, la respuesta me cayó como agua helada: —Ya no trabaja aquí. Me quedé mudo. Salí, pero no me fui lejos. Me quedé en el coche, esperando… algo. Tal vez una señal, un número. Nada. Esa noche no dormí. Me quedé con su olor metido en la piel, con la memoria de su axila tibia rozando mi boca, con su sabor salado en mi lengua. Pasaron días hasta que me escribió desde un número desconocido: “Hola… soy yo. ¿Te acuerdas de mí?” Como si pudiera olvidarla. Me citó en una casa muy distinta. Más sencilla, más suya. Vivía sola. Estaba nerviosa al abrir la puerta. Tenía una camiseta larga y el cabello mojado. Ni rastro de maquillaje. —¿Por qué viniste? —me dijo sin mirarme a los ojos. —Porque no te saqué de mi cabeza. No dijo nada. Cerró la puerta, se dio la vuelta, levantó los brazos y apoyó las manos en la pared. Su camiseta se estiró, y bajo la tela, las curvas de su cuerpo se marcaron deliciosas. Me acerqué a su espalda, le subí la camiseta y volví a ese rincón que me volvió loco. Sus axilas seguían como antes: tibias, ligeramente húmedas, con vello corto, natural… la piel suave, el olor más fuerte, más íntimo. —Pensé en esto toda la semana —le susurré, pegando mi lengua a esa hendidura. Ella gimió, bajito. Ya no era la tímida. Ya no me preguntaba nada. Se ...