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Arrastrada por la lujuria
Fecha: 19/09/2026, Categorías: Hetero Autor: Mercedes, Fuente: CuentoRelatos
Las vacaciones que me tomé en Guadalajara, fueron decisivas en mi vida, no sólo por lo calientes recuerdos que me dejaron, sino porque dieron a mi vida un giro de 180 grados. Ya había tenido algunas experiencias íntimas, pero esa fue la primera vez que lo hice con desconocidos y se los quiero platicar por lo maravilloso que resultó. El ferrocarril me ha provocado siempre una deliciosa sensación de voluptuosidad, a la mitad entre la lujuria y el romanticismo. Compré el boleto de pullman, abordé y me dirigí a mi litera alta, como siempre que utilizó ese medio para transportarme. El vagón estaba lleno y en la litera de abajo descansaba un hombre de unos 40 años. Era fuerte y atractivo. Se había quitado toda la ropa, quedándose tan sólo con una pequeña trusa que no ocultaba la pujanza de su miembro viril. Aparte la mirada, sintiendo que aquella sensación de voluptuosidad empezaba a envolverme, provocándome humedad que difícilmente podría apaciguarse, a menos que tuviera a un verdadero macho dispuesto a “aliviarme”. No pude evitarlo, fue algo superior a mis fuerzas. Miré al hombre de nuevo y él me sorprendió; vi un fulgor lascivo en sus ojos y en su entrepierna noté una poderosa erección, lo que me estremeció y no supe que hacer. Hubiera dado cualquier cosa por estar sola en ese momento; sola con el hombre, desde luego. Cerré los ojos y respiré hondamente, tratando de relajarme, pero eso era imposible, dada mi natural fogosidad. Al darme cuenta de que mis movimientos y ...
... mi nerviosismo empezaban a ser advertidos por los otros pasajeros, decidí ir a cenar al comedor. Un muchacho se cruzó conmigo en el pasillo y me apreté contra la ventanilla para evitar su cuerpo, pero aun así, sentí en mis nalgas el roce de su maciza verga. No pude aguantar más. Corrí sin importarme un cacahuate lo que la gente pensara y me metí al baño del vagón, sin preocuparme de cerrar la puerta por dentro. Lo único que deseaba en esos momentos, era una verga que despedazara el coño o el culo, para apaciguar mi temperamento volcánico. Me desnudé por completo, mirando mi cuerpo en el espejo mientras me acariciaba el busto. Siempre he tenido los senos duros y erguidos como frutas listas a ser saboreadas, pero en esos momentos, la dureza en los botones era algo fuera de lo común. Me abrí de piernas, como si mi propia humedad me lastimara y empecé a restregarme furiosamente la vagina. Disfrutaba, pero eso no era, ni con mucho, lo que deseaba. Pensé en el hombre de la litera, con su poderosa manguera erguida y dispuesta a satisfacer mis ansias. De pronto, se abrió la puerta, ¡era él!… Cerró la puerta por dentro. No se sorprendió al verme desnuda; me abrazó desesperadamente y me besó con mucho erotismo, haciendo que su lengua se frotara con la mía, al mismo tiempo que sus manos llegaban a mis pechos para estrujarlos con frenesí. Se echó hacia atrás y se quitó los pantalones. Debajo no llevaba nada y ante mí quedó su enorme verga, lista para triturarme. No me dijo ...