1. Fin de semana de la perra Lola


    Fecha: 24/09/2026, Categorías: Dominación / BDSM, Autor: todoPet, Fuente: TodoRelatos

    ... con una manta gris doblada dentro.
    
    —Adentro.
    
    Gateé dentro, me acurruqué en la manta y ella cerró el candado. Me quedé allí, con las rodillas doloridas y la piel húmeda, hasta que se fue a dormir.
    
    El sábado, mi ama me sacó de la jaula al amanecer. El césped del jardín estaba húmedo por el rocío, y el aire olía a hierba y tierra. Me enganchó una correa al collar y me llevó fuera. Gateé por el césped, que me raspaba las rodillas y las palmas de las manos. Mi cuerpo temblaba por el frío, y mis pechos se balanceaban ligeramente al moverme. Ella tiró de la correa, haciéndome ir más rápido.
    
    —Venga, mea.
    
    Me agaché cerca de un árbol, con las piernas abiertas, y oriné en el césped. El sonido era fuerte, y mi cara ardía de vergüenza, aunque no había nadie más. El líquido caliente me salpicó un poco los muslos. Mi ama me miró, sin decir nada, y luego me dio un azote suave en el culo.
    
    —Buena perra.
    
    Me llevó a un lado del jardín, donde el césped era más plano, y tiró una pelota de tenis amarilla, un poco sucia pero no vieja.
    
    —Trae.
    
    Corrí a cuatro patas, lo más rápido que pude, aunque mis rodillas protestaban. La pelota estaba entre la hierba, y la cogí con la boca. Sabía a tierra y goma, y me dio una arcada, pero la llevé de vuelta y la dejé a sus pies. Ella la tiró otra vez, más lejos.
    
    —Otra vez, vaga.
    
    Lo hice varias veces, corriendo y trayendo la pelota. El césped me dejaba marcas rojas en las rodillas, y el pelo se me pegaba a la cara por el sudor. Mis ...
    ... pechos rozaban la hierba, y a veces una ramita me arañaba la piel. En un momento, fallé, y la pelota rodó hasta un parterre con flores. Mi ama me dio un azote con una fusta que sacó del cinturón. Picó, y mi piel se puso roja.
    
    —Torpe. Búscala.
    
    Gateé hasta el parterre, metiendo la cara entre las flores. Las hojas me rozaron los hombros y la cara, y una espina me hizo un pequeño corte en el brazo. Encontré la pelota y la traje con la boca. Ella no dijo nada, solo la tiró otra vez. Cada vez que la traía, me daba una palmada suave en la cabeza, pero no era un elogio. Era como acariciar a un perro que hace lo mínimo.
    
    A mediodía, me dio de comer en el césped. Puso un cuenco con sobras de su almuerzo: pasta cocida con trozos de carne picada y algo de salsa de tomate. Me lo comí con la boca, y la salsa se me pegó a la barbilla y los labios. Ella estaba sentada en una silla de plástico, comiendo un plato de ensalada, mirándome.
    
    —Qué asco das, Lola. Mira cómo ensucias —dijo, y tiró un poco de agua de su vaso al césped, salpicándome la cara.
    
    Seguí comiendo, con la salsa manchándome el pecho y los trozos de pasta cayendo al césped. Cuando terminé, me limpió con la manguera del jardín. El agua estaba helada, y me temblaba todo, pero me quedé quieta, con las manos y las rodillas en el suelo. Luego me hizo rodar en el césped, tres veces seguidas, como si fuera un truco. Cada vez que lo hacía mal, porque me mareaba o iba lenta, me daba un azote con la fusta. No eran fuertes, ...