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Fin de semana de la perra Lola
Fecha: 24/09/2026, Categorías: Dominación / BDSM, Autor: todoPet, Fuente: TodoRelatos
... pero mi culo estaba rojo y sensible. Después, me llevó a un rincón del jardín donde había un poste de madera. Me ordenó sentarme y levantar una pierna, como un perro que hace un truco. Lo hice, aunque me costaba mantener el equilibrio, y mi ama se rió. —Patética. Ni eso haces bien. Me dio otro azote y me hizo repetir el truco varias veces, hasta que lo hice como ella quería. Luego me metió en la jaula del jardín, una más grande que la de la cocina, puesta bajo un roble grande. La jaula tenía barrotes negros y una manta azul dentro. Me acurruqué allí, con el cuerpo dolorido y la piel marcada por el césped y la fusta. Mi ama se fue a la casa, y me dejó sola un par de horas. Escuché el ruido de un cortacésped a lo lejos y el canto de los pájaros. El sol me calentaba la piel a través de los barrotes, y me quedé quieta, esperando. Cuando volvió, ya era de noche. El jardín estaba iluminado por un par de farolillos solares que daban una luz tenue. Me sacó de la jaula y me puso la correa. Me hizo gatear en círculos por el césped, con el collar apretándome el cuello. Mis pechos rozaban la hierba, que estaba más fría ahora, y sentía pinchazos en las rodillas por las piedras pequeñas del suelo. Luego me ordenó sentarme y tiró un puñado de pienso seco al césped. —Come. Me agaché y comí, mordiendo el césped con el pienso. Sabía a polvo, y algunos granos se me metieron entre los dientes. Mi ama se rió. —Pareces una cerda, Lola. Ni para comer sirves. Me dio un azote ...
... con la fusta y me empujó la cara más cerca del suelo. Terminé con la cara sucia, y ella me limpió con un trapo húmedo, frotando fuerte, como si quisiera borrar las manchas a la fuerza. Luego me llevó a la jaula de la cocina y cerró el candado. Me acurruqué en la manta, con el cuerpo temblando y la piel marcada. Me dolían las rodillas, los codos y el culo, pero no me quejé. Dormí allí, escuchando el ruido del frigorífico. El domingo me sacó temprano. El césped estaba húmedo otra vez, y el aire olía a lluvia. Me dio de comer en el cuenco, más sobras: arroz con trozos de pescado y guisantes. Lo comí con la boca, salpicando un poco. Mi ama no dijo nada, solo me miró con el ceño fruncido. Luego me llevó al césped para que me aliviara. Oriné cerca del mismo árbol, con las piernas abiertas, y sentí el calor en la cara, aunque ya estoy acostumbrada. Me hizo correr por el jardín otra vez, trayendo la pelota. Estaba agotada, y mis movimientos eran lentos. Mis rodillas estaban hinchadas, y los cortes del parterre me escocían. Mi ama me dio un azote. —No seas vaga, perra. Lo intenté con más ganas, aunque me dolía todo. Corrí varias veces, trayendo la pelota con la boca, hasta que ella decidió que era suficiente. Por la tarde, me metió en la jaula de la cocina y me dejó allí mientras comía en la mesa. Me tiró un trozo de pan, y lo comí del suelo, con las migajas pegándose a mis labios. Cuando llegó la hora de irme, me quitó el collar y me señaló la puerta. —Venga, lola. ...