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Capítulo 11: el dolor de la libertad
Fecha: 09/10/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: Gregor, Fuente: TodoRelatos
... No sabía si tenía miedo o si estaba ansiosa. Solo sabía que, por primera vez,algo pasaria y no sabia que. Sería ella. Sería Mariana. Quien tomaría el control. O quien lo entregaría por completo. El granero era su refugio. Un espacio amplio y cálido, con el aroma a paja fresca, tierra mojada y el leve rastro a caballo que se colaba desde las cabellerizas vacías. El sol se filtraba por las rendijas de la madera, dibujando rayas de luz sobre el suelo de tierra, como si estuvieran en un templo oculto. Allí, lejos de miradas, de rumores, de juicios, se convertían en algo más que primas. En algo más que amigas. Eran amantes. Eran cómplices. Eran dueñas de su propio deseo. Lucía se quedó desnuda primero. Sin prisa. Con una naturalidad que a Mariana siempre le parecía mágica. Llevaba un vestido corto, de tela ligera, con flores grandes que se confundían con su piel morena. Sus tetas se marcaban debajo de la tela. No llevaba brasier. Nunca lo usaba. Decía que era una cárcel para algo que no debería estar encerrado. Se bajó el vestido con una sola mano, como si fuera algo que hubiera hecho mil veces. Se lo pasó por encima de la cabeza y lo dejó caer al suelo. No llevaba nada más. Ni bragas. Nada. Estaba completamente desnuda. Y no se avergonzaba. No tenía por qué. —Te tocas sola, ¿verdad? —le preguntó Lucía, con voz baja pero firme. No era una pregunta. Era una afirmación. Mariana no respondió. No podía. Pero no hizo falta. Lucía ya sabía la respuesta. Mariana, aún ...
... vestida, se quedó quieta. No sabía qué hacer. No sabía si era real. Si estaba soñando. Pero Lucía no le dio tiempo a pensar. Se acercó y le quitó la camiseta. Luego el short. Luego el brasier. Luego las bragas. La desnudó poco a poco, como si estuviera abriendo un regalo que sabía que le iba a gustar. No era la primera vez que alguien la veía desnuda. Era Lucía una vez más. Y no se sintió sucia. Se sintió poderosa. Se sintió hermosa. Con sus curvas suaves, sus tetas firmes, su culo redondo y su piel blanca, casi translúcida. Lucía la miró como si fuera algo que quería saborear. Y ella… ella la dejó hacerlo. Se quedaron así por un momento. Las dos desnudas. Las dos respirando juntas. Y entonces, Lucía la besó. Y todo cambió. No fue un beso suave. Fue un beso que reclamaba. Que exigía. Que tomaba lo que ya sabía que era suyo. Sus lenguas se encontraron con urgencia, con hambre. Las manos de Lucía no se quedaron quietas. Recorrieron cada rincón de Mariana, como si lo conocieran, como si lo desearan otra vez. Le acarició los pechos, rozó los pezones con las uñas, le pasó los dedos por la cintura, por las caderas, hasta llegar a su sexo. Mojado. Ardiente. Listo. Pero Lucía no se detuvo. No esa vez. —Hoy no te toco yo —le susurró al oído, con voz ronca—. Hoy te tocas tú. Para mí. Hasta que yo te diga que pares. Mariana asintió, tragando saliva. Sus manos temblaban ligeramente, pero no de miedo. Era anticipación. Era ansiedad. Era el deseo de complacer, de descubrir, de ...