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Los gemidos de Rita - Parte 1
Fecha: 27/10/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Daniela Brito, Fuente: TodoRelatos
... tratando de controlar la erección que amenazaba con delatarlo. Cruzó el umbral, sintiendo el calor del interior de la casa contrastar con el frío de la lluvia. El aroma a café recién hecho y tortillas calientes lo envolvió, pero su mente no podía apartarse de la imagen de Rita caminando frente a él, sus caderas balanceándose con naturalidad, el tejido de sus shorts ajustándose a cada movimiento. En la cocina, Lupe los recibió con una sonrisa amplia. —¡Ay, Gonzalo, pareces perro mojado! —bromeó, sirviéndole una taza humeante—. Toma, calienta esos huesos viejos. —Gracias, Lupe —murmuró él, evitando mirar a Rita, quien se había sentado en la mesa con las piernas cruzadas, revelando unos muslos tan suaves que parecían esculpidos en mármol. El desayuno transcurrió entre conversaciones triviales. Rita, a diferencia de otros días, parecía más cercana, preguntándole a Gonzalo sobre su trabajo, sus gustos. Cada palabra suya era una caricia indirecta, un juego peligroso que aceleraba su pulso. —Oye, Gonzalo —dijo Rita de pronto, lamiendo una gota de miel de su dedo—, ¿nunca te aburres de solo podar el jardín? —A veces —admitió él, clavando la mirada en sus labios—. Pero es un trabajo tranquilo. —Deberías enseñarme —propuso ella, inclinándose levemente hacia adelante—. A mí me gustan las plantas. Lupe soltó una carcajada. —¡Tú lo que quieres es ensuciarte las manos sin que tu mamá te regañe! Rita se rió, pero sus ojos no se apartaron de Gonzalo. Había un ...
... brillo en ellos, una invitación velada que él no sabía si interpretar correctamente. La lluvia no cesaba, y Gonzalo se encontró a solas en la bodega, reorganizando herramientas. El sonido del agua golpeando el techo de lámina era un ritmo constante, hipnótico. De pronto, la puerta se abrió. —¿Se puede? —Rita asomó la cabeza, sonriendo. —Claro —respondió Gonzalo, limpiándose las manos en el pantalón. Ella entró, cerrando la puerta tras de sí. La bodega, iluminada solo por una bombilla amarillenta, parecía más pequeña con su presencia. Llevaba ahora una sudadera holgada, pero debajo, Gonzalo juró que no había nada más. —Quería ver tus figuras —dijo ella, señalando los pequeños adornos de aluminio que él había moldeado en sus ratos libres. —No son gran cosa —murmuró, pero Rita ya estaba tocándolos, sus dedos delgados deslizándose sobre las superficies pulidas. —Son hermosas —susurró. El silencio se hizo denso. Gonzalo podía escuchar su propia respiración, el latido de su corazón. Rita se acercó más, hasta que el calor de su cuerpo era casi tangible. —Gonzalo… —dijo su nombre como un secreto. Y entonces, sin previo aviso, su mano rozó la entrepierna de su pantalón, donde la erección era evidente. —¿Siempre te pones así cuando estoy cerca? —preguntó, con una voz que ya no era de niña, sino de mujer. Él no pudo responder. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, empujándola contra la mesa de trabajo, sus labios encontrando los de ella con una ...