1. La pijamada de mi hija


    Fecha: 30/10/2025, Categorías: Fantasías Eróticas Autor: Perverx, Fuente: SexoSinTabues30

    ... la oscuridad que habitaba en mí.
    
    La respiración se me entrecortaba, el corazón latía con fuerza en el pecho. La tensión se acumulaba, haciéndome temblar ligeramente. Mis ojos estaban vidriosos, fijos en ese pequeño universo de sueños infantiles que se extendía frente a mí.
    
    Y mientras mi mano seguía su trabajo febril, una certeza helada se instaló en mi mente: esta noche no iba a terminar bien. Algo se había roto, algo se había liberado. Y el depredador que siempre había estado oculto en las sombras, por fin, había salido a cazar.
    
    El alivio fue instantáneo, una descarga eléctrica que recorrió mi cuerpo, dejando tras de sí una sensación de vacío y, fugazmente, una punzada de… ¿asco? No, no asco. Más bien, una especie de extrañamiento. Como si hubiera sido otro quien hubiera hecho lo que acababa de hacer.
    
    Mi respiración era agitada, el sudor frío me perlaba la frente. La erección comenzó a ceder lentamente, dejando una sensación de pesadez y un leve dolor. Mi mano temblaba ligeramente mientras me la limpiaba torpemente en el borde del calzoncillo.
    
    Seguía mirando a las niñas. Seguían durmiendo, ajenas a la tormenta que acababa de desatarse a pocos metros de ellas. Sus rostros angelicales no mostraban ningún rastro de lo que había ocurrido. Y eso, de alguna manera, lo hacía aún peor. O quizás, más fácil de ignorar.
    
    Me quedé sentado en el sillón, sintiendo el frío del aire nocturno en mi piel desnuda. La botella de whisky yacía volcada en la alfombra, un charco ...
    ... oscuro extendiéndose lentamente. El olor dulzón del alcohol se mezclaba con el hedor acre de mi semen.
    
    No me moví. Estaba como paralizado, atrapado en una burbuja de irrealidad. ¿Había hecho realmente eso? ¿Había llegado tan bajo?
    
    La vocecita de la conciencia intentó hacerse oír de nuevo, más fuerte esta vez, cargada de un tono acusador. Pero la silencié con la misma facilidad con la que había ignorado las señales de tráfico en una carretera desierta. No quería escucharla. No quería sentir nada.
    
    Me levanté con torpeza, sintiendo las piernas entumecidas. Recogí la botella vacía y la dejé sobre la mesa. Caminé hacia la ventana y miré hacia la calle oscura. No había nadie. Solo el silencio y la promesa de un nuevo día que inevitablemente llegaría.
    
    Volví a mirar a las niñas. Anabella dormía profundamente en el centro del improvisado colchón de almohadas. Su carita dulce no mostraba ningún signo de la pesadilla que su padre acababa de protagonizar en la misma habitación.
    
    Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No era frío. Era algo más. Algo parecido al miedo. Pero no miedo a ser descubierto. Miedo a mí mismo. Miedo a lo que era capaz de hacer.
    
    Fui a la cocina y me serví otro whisky, el último de la botella. Lo bebí de un trago, sintiendo el líquido quemar mi garganta vacía. Necesitaba algo que me sacudiera, que me despertara de esta pesadilla.
    
    Subí las escaleras en silencio, tratando de no hacer ruido. Entré en la habitación y vi a Laura durmiendo plácidamente. Su ...
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