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Memorizarse
Fecha: 14/01/2026, Categorías: Hetero Autor: LucasDario, Fuente: TodoRelatos
... permiso. Nuestros rostros estaban ya a un suspiro de distancia, y todo el calor del local parecía haberse concentrado en ese espacio minúsculo entre nuestras bocas. Fue entonces cuando su voz volvió, apenas audible: —Y si seguimos el relato... pero lo dejamos sin final escrito? Sonreí, fascinado. Sabía que ella no hablaba solo de palabras. Y a partir de ahí, todo fue sencillo. Natural. Como si nuestros cuerpos hubieran estado esperando ese momento desde siempre. Nuestros labios se encontraron con suavidad, primero como un ensayo, un tanteo. Luego más seguros, más intensos. Sus dedos subieron por mi brazo, se enredaron en mi nuca. Los míos, temblorosos al principio, buscaron su cintura. El sofá, la penumbra, la música y la intimidad del lugar nos envolvían, nos daban permiso. Cuando ella comenzó a besarme el cuello, cada caricia de sus labios era una descarga que me recorría entero. Se acercó a mi oído, me rozó el lóbulo con los dientes y susurró: —Lo que escribiste en ese relato... no sabes lo que me excitó. Nunca me había atrevido a decírtelo. Me estremecí. No sabía si responder o simplemente dejar que esa confesión flotara, se instalara en ese rincón nuestro. Nos besamos de nuevo, y de nuevo, hasta que el calor del local ya no era suficiente. No recuerdo salir. No recuerdo si alguien nos vio o si dijimos algo. Solo sé que la lluvia había vuelto, leve, y que seguíamos besándonos en la calle como si no existiera el mundo. Nos dejamos llevar, sin prisas, ...
... sin dudas, hasta que nos vimos cruzando un portal. Luego unas escaleras. Luego la puerta de su apartamento. Todo encajaba con una facilidad que no requería preguntas. La puerta se cerró tras nosotros con un clic suave, casi discreto, como si el propio apartamento entendiera la necesidad de silencio. Apenas iluminado por la luz que se filtraba desde la calle a través de las cortinas, el espacio se sentía acogedor, tibio, con ese orden desordenado que revela que alguien vive ahí con autenticidad. Lucía no encendió ninguna luz. Se deshizo de su abrigo y lo dejó caer en una silla sin detenerse. Caminó sobre el parquet, con pasos lentos, seguros, como si supiera exactamente cuál era el ritmo que debía marcarse en ese instante. Yo me quedé en el umbral un segundo más, apenas respirando, observándola. El contorno de su figura se recortaba contra la penumbra, y cada gesto, cada movimiento, parecía contener una intención sutil, no fingida. Ella se giró, me miró desde el otro lado del salón y me extendió la mano. —Ven. Aún no quiero que se termine la historia. La seguí. Nos sentamos en el sofá, o más bien nos dejamos caer, como quien regresa a un lugar conocido y deseado. Esta vez no hubo tanteo ni vacilación. Nos buscamos de inmediato. Los besos eran ahora más hondos, cargados de una urgencia contenida durante días, semanas, tal vez meses. Mis manos se deslizaban por su espalda, descubriendo el camino con torpeza reverente. Ella guiaba sin decir palabra, con un ...