1. Memorizarse


    Fecha: 14/01/2026, Categorías: Hetero Autor: LucasDario, Fuente: TodoRelatos

    ... sagrado.
    
    Lucía ya no pedía con palabras. Era su cuerpo el que me rogaba, el que me guiaba. Sus jadeos eran urgentes, pero llenos de gozo. Y cada embestida mía encontraba eco en su abdomen que se agitaba, en sus pechos que rebotaban suavemente contra el colchón, en la tensión creciente que volvía a tomarla por dentro.
    
    La escuché deshacerse otra vez. Un gemido largo, sostenido, casi cantado, que se quebró en sollozo. Su cuerpo entero se estremeció bajo mí, como si el clímax la arrastrara hacia un lugar primitivo y luminoso. Sentí sus uñas aferrarse a las sábanas, sus piernas temblar y su espalda vibrar como cuerda tensa.
    
    Pero sus ojos, aunque cerrados, parecían aún hablar. Me pedían que no me detuviera. Su voz, ahogada pero clara, me lo suplicó:
    
    —No pares... no todavía... hazlo... así... así...
    
    Yo tampoco podía más. Todo mi cuerpo era un punto de fusión, una ola que buscaba estallar. Y entonces me dejé ir. Me entregué por completo a ese vaivén final, rítmico y poderoso, mientras sus caderas me recibían aún, con el mismo deseo intacto.
    
    Fue una explosión silenciosa, como si el universo se contrajera en un único instante de unión. Me aferré a sus caderas y sentí que dejaba de existir, que me volvía ella, que ese instante nos contenía a ambos y al mismo tiempo nos vaciaba por completo.
    
    Nos quedamos así, pegados, jadeando, temblando, derrumbados. Yo sobre su espalda, ella sobre el colchón, con mi frente apoyada en la curva de su omóplato. La lluvia había ...
    ... comenzado a golpear la ventana con suavidad, como si incluso el cielo entendiera que todo, por fin, se había liberado.
    
    Aún estuvimos así, desnudos y relajados, mucho tiempo. Yo apoyado en su espalda, ella respirando lento, con un brazo extendido bajo la almohada y el otro buscando a veces mi mano, mi pecho, mi cintura. Nos mecíamos sin movernos, acunados por el ritmo suave de una madrugada que parecía protegernos.
    
    Algunos ruidos en la calle —el lejano arrastre de un cubo de basura, un motor encendiéndose— nos hacían pensar que el día ya se aproximaba. Y, sin embargo, allí dentro, en aquella habitación aún tibia y en penumbra, el tiempo parecía haberse detenido.
    
    Hablamos de todo y de nada. De libros que habíamos dejado a medias, de películas que nos marcaban por razones absurdas, de cosas que habíamos dicho sin pensar y que ahora, en esa calma compartida, tomaban un nuevo significado. Lo hicimos de nuevo, otra vez, sin drama, sin solemnidad. Solo con la verdad desarmada de quien ya ha bajado todas las defensas. Nos reímos, mucho. De nosotros. De nuestras rarezas. De nuestras vidas a medio camino entre el miedo y la valentía.
    
    Y así, sin que hiciera falta hablarlo, supe que era momento de vestirme y deslizarme fuera de su apartamento. No como una huida, sino como un acuerdo tácito, una promesa silenciosa de que esto apenas comenzaba. Me vestí en silencio, sin prisas, mientras ella me observaba desde la cama, con el cuerpo cubierto apenas por la sábana, el cabello revuelto y ...