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La Puta de Morales - Parte 1
Fecha: 27/01/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Natalia Guardia, Fuente: TodoRelatos
... que la hacía estremecerse. Paulita notó con horror cómo sus pezones se endurecían bajo el vestido, cómo su respiración se aceleraba al ritmo de los empujones de Morales. La vergüenza se mezclaba con una perversa satisfacción cada vez que escuchaba un gruñido de placer salir de aquel hombre al que tanto había despreciado. Sus mejillas se hundían con cada embestida, la saliva acumulándose en las comisuras de sus labios. Paulita descubrió, para su vergüenza, que era buena en esto. Su lengua trazaba círculos en la base mientras sus labios creaban un vacío perfecto, una técnica aprendida en miradas furtivas a videos que jamás admitiría haber visto. El sabor precum se mezclaba con su lápiz labial, manchando tanto su boca como su dignidad. —Mírame —ordenó Morales, tirándole del pelo para que alzara la vista. Paulita obedeció, y al ver el rostro congestionado de placer de su supervisor, sintió una oleada de poder que la sorprendió. Ella lo tenía así, a su merced, aunque fuera él quien dirigiera el juego. Las lágrimas que asomaban en sus pestañas no eran solo de humillación, sino de una excitación que la aterraba. —Te gusta, ¿verdad? —jadeó Morales, acelerando el ritmo—. A la perfecta Paulita le encanta chupar verga como una golfa de club nocturno. Cada palabra soez era como un clavo en su orgullo, y sin embargo, notó cómo su entrepierna respondía con una humedad traicionera. El vestido de seda se le pegaba a la espalda sudorosa, los tacones empezaban a molestarle, ...
... pero nada de eso importaba mientras sentía cómo Morales se tensaba, acercándose al climax. —Traga todo —ordenó con voz ronca—. Demuéstrame lo putita que sos. El momento culminante llegó con un gruñido animal. Paulita cerró los ojos cuando el sabor amargo inundó su boca, tragando con dificultad mientras sentía cómo algunas gotas escapaban por su barbilla. El olor a sexo y sumisión llenaba el aire entre ellos, más denso que la niebla matutina. El eco de los pasos de Morales alejándose se mezclaba con el zumbido de los fluorescentes en el estacionamiento cuando, de pronto, sus tacones giraron sobre el concreto frío. Paulita apenas tuvo tiempo de levantar la vista antes de que una mano se enredara en su cabello, arrancándole un grito ahogado que rebotó contra las paredes de cemento. El dolor fue agudo, punzante, pero lo que la dejó sin aliento fue la mirada de Morales: ojos oscuros, casi negros, brillando con un placer perverso que hizo que su estómago se contrajera. —¿Creíste que esto terminaba con una mamada, princesa? —escupió las palabras mientras la arrastraba hacia el capó del auto, su voz áspera como papel de lija—. Solo estamos empezando. El metal frío del capó le quemó la piel a través de la delgada tela del vestido cuando Morales la empujó contra él. Paulita intentó girarse, pero una mano plana se estrelló contra su nalga derecha con un chasquido que resonó como un disparo. El dolor fue inmediato, seguido de un calor que se extendió como lava bajo su ...