1. Atelier


    Fecha: 03/02/2026, Categorías: Transexuales Autor: Voluptas, Fuente: TodoRelatos

    ... lo que es correcto ante Dios”.
    
    Pero nada, nada de eso, podía contra el anhelo visceral de sentir esos encajes sobre su piel.
    
    Su primer intento fue patético. Casi caricaturesco.
    
    Esperó a que todos salieran al ministerio y se encerró en el cuarto de costura con el corazón latiéndole como un tambor de guerra. Tomó uno de los maniquíes —el más pequeño, el que usaban para ajustar faldas y corsetería fina— y desnudó su torso de espuma. Luego escogió una prenda que no debía haber tocado jamás: un corsé de encaje color marfil, con ballenas firmes y cierre de broches metálicos al frente. Lo intentó poner. Tardó diez minutos y un par de torpes gemidos reprimidos. Cuando al fin lo logró, sus costillas crujieron de sorpresa, su vientre se aplanó, y algo dentro de él… encajó.
    
    Se miró en el espejo. Descalzo. Sin peluca. Sin maquillaje. El corsé mal puesto, ladeado, con sus pezones apenas visibles por el encaje estirado. Era ridículo. Pero también era glorioso.
    
    Sonrió. Luego lloró.
    
    En el fondo, lo que deseaba no era solo vestirse como ellas. Era ser vista como ellas. Ser deseada como ellas. Recordaba vagamente a una modelo de lencería que había visto en un canal bloqueado de televisión, una aparición fugaz mientras hacía zapping en la madrugada. Esa imagen lo marcó más que cualquier discurso moral. Ella caminaba sobre tacones, el cuerpo envuelto en tiras de encaje y transparencias, los labios rojos, los ojos delineados. Era una obra de arte. Y él, un boceto sucio que ...
    ... apenas se atrevía a imaginarse como algo más.
    
    En la congregación, reía con los chicos, hablaba de fútbol, fingía que le gustaban los culos de las chicas nuevas. Pero en su mente, mientras ellos hacían comentarios vulgares sobre una hermana recién bautizada que tenía "las tetas bien formadas", él imaginaba otra cosa: que esas miradas fueran para él. Que esas bocas dijeran su nombre. Que esos dedos lo recorrieran a él, no con agresión, sino con hambre.
    
    —Oye, Elías —dijo Miguel, uno de los más habladores del grupo, con una sonrisa maliciosa mientras le daba un codazo—. ¿Tú no te cansas de estar rodeado de novias todo el día?
    
    Elías disimuló el sobresalto. Estaban sentados en un banco de piedra, a la salida de la asamblea, tomando unas Coca Colas.
    
    —¿Cómo así? —logró responder, encogiéndose de hombros.
    
    —La boutique, que más. Con tu mamá ahí, probándole vestidos a esas mujeres... eso no te pone, no sé... curioso.
    
    —Es su trabajo —dijo otro, Jonathan—. Pero yo no podría. Demasiada piel para mi gusto. Yo termino con una erección diaria o con ganas de rezar el doble.
    
    Risas.
    
    —Apuesto a que Elías ya tiene las medidas de todas en la cabeza —añadió Miguel—. Hasta de la hermana Alicia... esa sí que debe llenar un vestido. ¿O no?
    
    Hubo un silencio distinto. De los que no piden carcajadas, sino respiraciones contenidas. El nombre de Alicia tenía ese efecto. No hacía falta describirla. Todos la habían visto.
    
    Alicia era apenas unos años mayor que Elías. Hija de una ...
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