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Atelier
Fecha: 03/02/2026, Categorías: Transexuales Autor: Voluptas, Fuente: TodoRelatos
... familia respetada dentro de la congregación, criada con recato, decoro, y vestidos siempre hasta las rodillas. Pero ni el más casto de los atuendos podía disimular lo que la naturaleza le había regalado. Su busto —grande, redondo, imposible— era una presencia en sí misma. Imponente. Capaz de arruinar la concentración de cualquier joven en medio de un cántico espiritual. Y lo sabían. No lo decían en voz alta —al menos no en frente de los ancianos—, pero Alicia era la fantasía tácita de todos los varones. Lo que la hacía aún más deseable no era sólo su cuerpo, sino su silencio. Esa mezcla entre la sumisión aprendida y una belleza que parecía fuera de lugar en un salón del Reino. Elías la había visto muchas veces en la boutique. Siempre acompañando a su madre o a una prima. Y sí… la había ayudado a probarse vestidos. A ajustar broches. A tomar medidas. A sostenerle la cremallera. Cada vez que ella levantaba los brazos, los pechos se elevaban con un movimiento lento, pesados como fruta madura. Y él debía respirar hondo, contener el temblor de sus manos, fingir una profesionalidad que lo abandonaba en cuanto se encerraba en el baño más cercano. Pero no era deseo lo que sentía por Alicia. Al menos no como lo entendían Miguel o Jonathan. Él quería ser como Alicia. Ser la que provocara esas miradas. Ser la que usara esos vestidos, esas tallas, esa cintura y ese escote que obligaban a todos a bajar la vista después de mirarla. Él no quería tenerla entre sus ...
... brazos. Quería tener sus curvas. Forzó una sonrisa. Su estómago se revolvió. Bajó la mirada, fingiendo interés en una piedra que pateó con la punta del zapato. —No me fijo en eso —dijo. Pero su voz le sonó hueca, incluso a él mismo. —Ya, ya… tranquilo —dijo Miguel, sonriendo con esa arrogancia desganada tan propia—. Era broma, hombre. Aunque si un día te animas, nos colamos juntos a una de esas pruebas. Total… quizá necesitas un modelo masculino para novios, ¿no? Las risas que siguieron fueron distintas. No la carcajada de camaradería, sino esa risa áspera, con filo, que lleva dentro algo más que burla. Elías se unió a ellas. Rió. Pero fue una risa hueca, incómoda. Su boca hizo el sonido, pero su estómago se revolvió. Como tantas veces. Porque él sabía lo que escondían esas sonrisas: la misma hipocresía que veía cada día. El hermano Casado, con su “estudio bíblico” en casa de la esposa del hermano García mientras este trabajaba de noche. Las miradas cargadas entre esposas jóvenes y ancianos viejos como piedras. Las pantallas encendidas en los baños del Salón durante las asambleas, donde hasta los más santos se bajaban el pantalón en silencio. ¿Quién era el pecador aquí? ¿El que soñaba con vivir su verdad? ¿O quienes usaban a Dios como disfraz para sus deseos mal escondidos? Esa noche, ya en su cuarto, el cosquilleo en el pecho no lo dejó dormir. No era miedo. Era hambre. Y una necesidad de saberse real, aunque fuera por segundos. Tomó su móvil. Se sentó ...