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Atelier
Fecha: 03/02/2026, Categorías: Transexuales Autor: Voluptas, Fuente: TodoRelatos
... negarlo todo. En decir que era un experimento, una broma, una cuenta robada. Pero no lo hizo. En lugar de eso, se sentó sobre la cama y volvió a leer el mensaje. Una, dos, tres veces. ¿Sabes lo que haces cuando te pones eso? Y algo en esa frase, en ese tono entre acusación y complicidad, lo hizo temblar... pero también lo excitó. Elías tuvo miedo. Miedo real, de ese que se mete bajo la piel y late con cada respiración. Pero no era solo eso. Había algo más, algo turbio e imposible de nombrar: una contradicción dulce, como el placer que nace del dolor, como una lengua acariciando una herida abierta. Porque esa grieta que amenazaba con exponerlo… también era una posibilidad. Un resquicio de aire entre los muros sofocantes del dogma. Un escape diminuto, casi invisible. Y, sin embargo, no podía quedarse quieto. El corazón le retumbaba en el pecho. Necesitaba moverse. Hacer algo. Confirmar que lo que había leído era real. Que no era un sueño ni un delirio. Entró al baño y se quitó la ropa con manos torpes. El agua de la ducha le cayó como un castigo, como una purga. Se restregó con más fuerza de la habitual, como si el jabón pudiera arrancarle algo que no debía haber sentido. Pero su reflejo seguía ahí, en la superficie empañada del espejo, mirándolo con los ojos muy abiertos Eligió la ropa con precisión automática: camisa blanca, abotonada hasta el cuello, con las mangas bien planchadas; pantalones oscuros de pinzas; zapatos lustrados. Encima, el saco ...
... gris perla que su madre le preparaba cada fin de semana para la reunión. En el pecho, el pin dorado con el nombre de Jehová grabado como un sello de pertenencia. Todo correcto. Todo según el molde. Pero por dentro… por dentro era otra cosa. Caminó rápido, evitando las miradas. La calle vibraba con el sol tibio de media mañana, pero él solo sentía frío. La mezcla en su estómago —angustia, desesperación, adrenalina— lo empujaba a cada paso. No quiso escribirle a Alicia. Eso sería aceptarlo. Confirmarlo. Aún no estaba listo para eso. Pero sí necesitaba verla. La necesitaba como quien necesita una prueba de que el abismo existe. El Salón del Reino era discreto, como todos. Muros beige, ventanas altas, carteles con versículos grabados en madera clara. Elías entró saludando con una sonrisa contenida, esperando verla entre los bancos, entre los rostros conocidos. Pero no estaba. No la vio. Y, sin embargo, no tuvo tiempo de sentirse aliviado. Una voz grave lo llamó desde un costado. —Elías. Se giró. Era el hermano Agüero. Uno de los ancianos más antiguos. Lento al caminar, pero rápido para oler el pecado. —Ven, muchacho. ¿Tienes un minuto? Elías asintió, como siempre. Como buen siervo obediente. Lo llevó a una sala lateral, pequeña y limpia, con solo una mesa y dos sillas. Cerró la puerta tras él con un clic seco. —Quería felicitarte. —Su voz era tranquila, como la de un padre que reprende con ternura—. Tu familia debe estar agradecida. No ...