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Antonio el camionero se folla a la Jessi
Fecha: 04/02/2026, Categorías: Hetero Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
... Antonio se giraba, empapado y con la chorra aún goteando pero tiesa como un mástil. El niño salió a regañadientes, haciendo sonidos de indio puesto hasta las trancas de farlopa. Antonio se limpió el agua del culo con la sábana y volvió al tajo sin pedir permiso. —Te juro que como vuelva a entrar se la meto por el culo. La puta pistolita, quiero decir… Y le levantó las piernas como si fueran los brazos de una carretilla, sujetándolas por detrás de las rodillas con esos brazos morenos y fornidos, curtidos por años de volante y carga. Empezó a embestir con furia renovada, con ese vaivén de caderas rudo y seco que no buscaba poesía, sino castigo. Jessi chillaba como en una montaña rusa, con los ojos cerrados y la boca abierta, tragándose el aire y los gemidos por partes iguales. Pero Antonio no estaba para florituras. En un momento dado soltó sus piernas y se inclinó sobre ella, cubriéndola con todo su cuerpo, echándole encima esos más de cien kilos de carne, sudor y virilidad camionera. Su torso velludo, mojado y caliente, le aplastó las tetas como una plancha de obra, mientras el vaivén de su pelvis se volvía aún más salvaje, más profundo, como si estuviera taladrando una zanja. Jessi soltó un quejido más agudo, entre placer y asfixia, atrapada entre el colchón hundido y la barriga cervecera de Antonio, que le presionaba el vientre con fuerza. —¡Joder… que me aplastas! —gimió con la voz estrangulada, buscando aire. Antonio gruñó, sin parar ni aflojar ...
... el ritmo. Le pegó dos embestidas más, secas, como martillazos, haciéndole botar la cabeza contra la almohada. —¡Tú calla, coño! —espetó con voz ronca, autoritaria, como si estuviera mandando a callar a una mula terca—. Bastante suerte tienes de que te esté follando como una hembra de verdad. Esto es lo que hay. No voy a pagarte por hacerte sentir cómoda, si no para cascármela con tus agujeros. Y volvió a mover el culo con una ferocidad animal, aplastándola, aporreándole el útero con cada estocada, jadeando como un toro viejo que se resiste a morir sin una última faena. Cada embestida sonaba húmeda, espesa, con ese chapoteo de carne contra carne que solo puede darse cuando el sudor, el coño y los huevos se mezclan sin pudor ni pausa. Jessi, medio desbordada, se aferró a su espalda, arañando entre pelos, mientras debajo de aquella montaña de macho no le quedaba más que gemir bajito… y aguantar. La madre apareció entonces en la puerta, con una cerveza en la mano y un cigarro en la otra. —Perdona, Antonio. ¿Quieres una litrona fresquita o te la traigo después? —Ahora, mujer, que esto me da sed. La madre entró con toda la tranquilidad del mundo, como si llevara años viendo escenas así entre la colada y la novela de la tarde. Dejó la litrona abierta en la mesilla, al lado de un frasco de crema hidratante y un peluche manchado, y le dio una palmada a su hija en el muslo, como quien revisa un pedazo de carne en el mostrador del mercado. Antonio ni paró ni aflojó. ...