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Antonio el camionero se folla a la Jessi
Fecha: 04/02/2026, Categorías: Hetero Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
... escena como quien contempla cómo le lavan el coche a mano en pleno agosto. Le sobresalía la barriga como una peña, dura y firme, de esas de camionero hecho y derecho, con las canas del pecho asomando por la camiseta remangada y pegada al sudor. Y allí abajo, aquella chiquilla, apenas veinteañera, de constitución delgada y cara aniñada, le trabajaba la polla con la torpeza maravillosa de una prostituta novicia de pueblo. Abría mucho la boca, usaba más labios que lengua, y de vez en cuando soltaba un ruidito de arcada que a Antonio le ponía los pelos de punta. —Así, muy bien, preciosa… Cuidado con esos dientes, que esto no es un pirulí, es mi herramienta de trabajo —gruñó él, apoyando una mano en su cabeza con gesto paternal pero dominante. La diferencia de edad se notaba en todo: en la postura, en la carne, en la forma de mirar. Él, un hombretón de más de cincuenta con el cuerpo hecho a embutidos, vino y trabajo duro; ella, una moza joven, fina de muñeca, con el cuello estirado hacia adelante como si tuviera que alcanzar el grifo de una fuente demasiado alta. Pero ahí estaba, tragándose la vergüenza y parte del rabo, con una entrega que sólo tienen las que saben que el deseo también se aprende a base de saliva y tragaderas. Y justo entonces, cuando más metida estaba en la faena, la puerta se abrió de golpe con un estruendo que hizo ladrar hasta al perro del vecino. El hijo pequeño de Jessi irrumpió en la habitación como un salvaje, en calzoncillos y descalzo, con ...
... una pistola de agua en alto y cara de comando. —¡Alto! ¡Esto es un atraco! —gritó, apuntando al camionero con ese chisme de plástico. Jessi pegó un respingo, sobresaltada, y al tensarse sin querer le mordió la verga a Antonio, justo por debajo del glande. Él soltó un rugido ronco. —¡La madre que te parió! —bramó, agarrándose la polla con gesto de dolor—. ¡Me has pegao un bocado, coño ya! El niño se quedó quieto, con la pistola aún levantada, mirando al gigante peludo y cabreado que tenía delante. Antonio, con la cara roja de mala hostia, avanzó un par de pasos a zancadas, le quitó la pistola de un manotazo seco y la tiró al suelo, donde rebotó contra una baldosa y salió disparada bajo la cama. —¿Pero tú de qué vas, mocoso? ¿Estamos en el puto parque o qué? El chaval lo miraba con los ojos muy abiertos, pero sin llorar. Y es que no sabía si asustarse más por el grito, por la manaza que le había quitado el arma... o por la polla morcillona y aún empapada que tenía Antonio colgando a escasos centímetros de la cara, palpitante, pesada, morena, con el glande aún reluciente por la mamada interrumpida. Parecía un bate de béisbol en posición de amenaza. Antonio se agachó un poco, plantando bien los pies, y con el índice le señaló al crío el centro del pecho. —Conmigo aquí, en esta casa, vas a aprender a comportarte como un hombre. Nada de ir dando sustos ni meterte donde no te llaman. Que esto que ves aquí —y señaló su entrepierna con la barbilla— no es pa’ ...