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Antonio el camionero se folla a la Jessi
Fecha: 04/02/2026, Categorías: Hetero Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
... firmeza, empujándola hasta el fondo. Fue como una descarga eléctrica, breve pero intensa, que le recorrió la espalda entera. Y luego el silencio. Un silencio denso, húmedo, con sabor a derrota gloriosa. Jessi apenas tuvo tiempo de reaccionar. Sintió cómo aquella corrida le llenaba la boca sin contemplaciones, caliente y espesa, con ese sabor fuerte y salado que mezclaba horas de carretera, cerveza y testosterona. Se le notó en la mirada el esfuerzo por no atragantarse, haciéndola pasar con tragos cortos y decididos, mientras los ojos se le cerraban como por instinto. Antonio la miraba desde arriba, aún jadeando, con la panza subiendo y bajando como un fuelle, y una expresión de macho satisfecho. Le pasó una mano por el pelo con rudeza tierna, casi como si le estuviera agradeciendo el gesto sin decir palabra. —Así se hace, guapa —murmuró entre dientes—. Ya veo que el cabronazo de Martín no exageraba. Antonio se quedó quieto unos segundos, con la cabeza echada hacia atrás y la mirada perdida en el gotelé del techo, mientras ella respiraba por la nariz, ruborizada, limpiándose los restos de corrida con el dorso de la mano. Él bajó la vista y volvió a acariciarle el pelo, ahora con un gesto aún más suave, como si acabara de adiestrar a una perra. —Te has ganado una buena propina, preciosa —murmuró, echando panza hacia atrás como un jefe satisfecho después de tomar el postre. Acto seguido se rascó los huevos con desgana y dejó escapar otro resoplido. —Dame cinco ...
... minutos, ¿eh? Pa’ que esto vuelva a levantar cabeza —dijo señalando su rabo aún húmedo, que colgaba ahora desinflado pero todavía imponente, como un chorizo de matanza recién escaldado—. Voy a echar una meada, que tengo la vejiga como una zambomba. Salió al pasillo y miró alrededor, buscando la puerta del baño. —¿Dónde mea uno aquí, moza? —preguntó con la misma naturalidad con la que se pide una caña en el bar. Jessi iba a responderle, pero justo en ese momento le vino una arcada seca y un ataque de tos inesperado. Se inclinó hacia adelante, llevándose la mano a la garganta y soltando varios carraspeos, con los ojos llenos de lágrimas y la cara como un tomate. Un traicionero hilillo de la lefa de Antonio, que aún le quedara rezagado en lo más profundo, le había rozado la campanilla al tragar saliva, y le había desencadenado el espasmo. La chavala, entre toses y manotazos, alzó un dedo tembloroso señalándole la puerta del fondo a la izquierda, mientras intentaba recomponerse sin ahogarse del todo. Antonio, acostumbrado a aquello, se limitó a asentir con un gesto de barbilla y se encaminó hacia el fondo del pasillo sin molestarse en cubrirse ni un ápice. Caminaba desnudo de cintura para abajo, con las sandalias aún puestas y esa polla morena y colgandera bamboleándose entre sus muslos como si fuera la cosa más normal del mundo. Cada paso la hacía balancearse, pesadamente, como un badajo de campana vieja. Al llegar al baño, empujó la puerta con la palma y se lo ...