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Albast.Capítulo 24
Fecha: 16/02/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: Alex Blame, Fuente: TodoRelatos
24 Lo que menos se esperaba Gerhard, es que aquella vieja fuese una mina de oro. Gunilla von Hofer era un viejo pajarraco, perteneciente a una venerable familia de oportunistas. Daba igual el régimen y las dificultades por las que pasase Alemania. Cuando un país se hunde la mierda siempre sale a flote. Lo que no se podía negar de ellos, era el olfato. En cuanto Hitler llegó al poder, todos los von Hofer, con la vieja a la cabeza, se habían apuntado al caballo ganador. Ahora, con todos sus miembros disfrutando de suculentos contratos y altos cargos en la administración, medraban en medio de la miseria y la violencia de la guerra. Gerhard los odiaba, pero sabía que por el momento, aquella gente era útil. Pero cuando las armas milagrosas del Führer cambiasen las tornas, se ocuparían de toda aquella chusma arribista. Cuando la llamó, se negó a recibirlo en su casa e insistió en quedar en su restaurante favorito. A pesar de que los bombarderos estaban convirtiendo Berlín en un erial, aquellas chinches se las arreglaban bastante bien. El Bon Appetit podía pasar como uno de los mejores restaurantes en cualquier capital europea, si no fuese por una particularidad, estaba ubicado varias decenas de metros por debajo del nivel del Unter den Linden. La vieja Gunilla estaba sentada con su sombrero de plumas, con todas aquellas arrugas y ese gesto de desprecio en la cara. Cuando Gerhard apareció, precedido de un camarero, la mujer cambió inmediatamente su gesto por una ...
... sonrisa obsequiosa. A pesar de sentirse superior, aquella mujer sabía cuándo doblar el espinazo ante los poderes fácticos. Le invitó a sentarse y le ordenó al camarero que trajese una botella de Burdeos. Gerhard se acomodó en el asiento y bebió un trago de vino. Era excelente, de eso no cabía duda. Gunilla bebió a su vez y saboreó aquel vino, con ojos ausentes, durante casi un minuto. El Kriminalkommissar le dio tiempo mientras se preguntaba si aquella momia recordaría lo que hacía el día anterior. —Chateau d´yquem 1928. —el acento francés de la pájara le hizo recordar la semana que había pasado en Paris, en el cuarenta, para organizar la oficina local— ¿Quién sabe si será la última botella? Por ahí se dice que el desembarco aliado en el oeste es inminente. —Difundir propaganda derrotista delante de un oficial de la Gestapo, no una es buena manera de iniciar una conversación. —replicó Gerhard. —Soy demasiado vieja y tengo poco que perder. Ambos sabemos que mi muerte no serviría de nada a tus jefes. —¿Y tu familia? —¡Pandilla de desagradecidos! —masculló la vieja con inquina— Esos hijos de puta no serían nadie. Todo lo que tienen se lo deben a los contactos que hice en el partido en el veintitrés. Ahora me arrinconan en mi pequeña casa de campo y me dan una mísera asignación. Por mí como si se pudren. Una buena actuación. Pero Gerhard no habría llegado donde estaba sin su olfato para distinguir una mentira. De todas maneras, dejó a la mujer que creyese que lo ...