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Mi relación con Eusebio (1)
Fecha: 14/03/2026, Categorías: Gays Autor: Eunoia, Fuente: CuentoRelatos
Veo a Eusebio acercarse a mí por detrás. El espejo del baño está ligeramente cubierto de vapor humeante; un par de lagrimones descienden en un surco parejo desde la yema de mi dedo hacia el borde niquelado del espejo, que me muestra la figura del novio de mi hermana cuando coloca sus manos en mis hombros. Besa mi nuca y yo me estremezco. Aprieta sus labios abiertos sobre mi carne húmeda. Dejo caer mi cabeza hacia atrás y noto el suave mordisco de sus dientes sobre mi hombros. Noto su miembro virilizarse contra mis glúteos. Y la punzada de la excitación recorre mis testículos. Mi miembro se mueve de manera autónoma y comienza a erguirse, a pesar de su arco lateral, sobre mi muslo derecho. —Van a tardar…, podemos hacerlo ahora. Marta y Susi salieron por la tarde. Es época de las odiosas rebajas de navidades y, como cada tarde desde principios de diciembre, han salido a la caza de obsequios. No regresarán hasta la noche, cargadas de bolsas y excitadas por las compras. Eusebio y yo nos quedamos en la casa. Cuando regresen estaremos sentados frente al televisor, viendo la retransmisión del partido de Liga, como las otras veces. Ahora me pregunto por qué hemos tardado tanto en descubrir esto; en el tiempo desperdiciado, las ocasiones perdidas… Mientras Eusebio me acaricia la espalda y pasa a toquetear mis pezones, me vuelve a la memoria la conversación… y la primera vez. El espejo ha recobrado su brillo y nos refleja. Eusebio acaricia y aprieta alternativamente mis ...
... pezones rodeados de vello. Su polla está dura y tiesa sobre mi culo. La mañana en que Pepita las invitó al partido de tenis en Las Rozas yo estaba limpiando el acuario. Eusebio volvió de la piscina. «Nunca he tenido peces», «Son seres raros…, mudos, fríos». Yo le expliqué que mis padres siempre habían tenido acuario, así que me gustaban. «Me recuerdan las historias de sirenas», arguyó, «esos seres blandos y escurridizos». Me eché a reír. «Hombre…, no hay que tocarlos». «No me gusta ese tacto», remachó. «¿Y, todo lo… blando y escurridizo te desagrada?», bromeé. Se quedó quieto, tieso, mirando los acuáticos e incesantes paseos de los peces anaranjados y azulados. «Te pillé…», reí. «Menos mal —añadí en tono de chanza—, si no…, pobre Susi» (Susi es mi hermana mayor). «¿De verdad tienes repulsión?». «De verdad, te lo juro, Nicolás; me repugna esa piel resbaladiza…». «Desde niño», concluyó. Terminé de limpiar y le invité a un scotch. Nos sentamos en el solárium. El sol de la mañana de invierno era una bendición. Estuvimos intercambiando anécdotas del trabajo. Eusebio trabajaba para la compañía de su padre; ostentaba el cargo de CEO. Me confesó que tenía los nervios destrozados: sobrecarga de trabajo, competencia desleal de las compañías norteamericanas y chinas. Vació el vaso y se quedó silencioso, mirando los cactus del invernadero. Traté de desviar el tema. «¿Otro trago?». Le volví a poner; esta vez, un poco más: parecía necesitarlo. Cuando se lo llevó a los labios recordé ...