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Mi relación con Eusebio (1)
Fecha: 14/03/2026, Categorías: Gays Autor: Eunoia, Fuente: CuentoRelatos
... que mi hermana me dijo una vez que Eusebio no solía beber. «Nunca debí aceptar el puesto». Me miró con languidez. «No me gusta», volvió a beber: «Yo soy psicólogo, no ejecutivo; pero mi padre…, le conoces —tragó de golpe todo el líquido dorado—, no paró hasta que le dije que estaba de acuerdo. Se quedó con el vaso entre las manos y la mirada triste y vacía. Bebí mi vaso, me levanté y me acerqué al butacón de flores donde estaba sentado. «No te pongas así; todo se arreglará», sonreí tratando de animarlo, hice un amago de risa que se quedó en un ruidito incalificable. Eusebio seguía meditabundo. Le puse una mano en el hombro. Él levantó la vista, me miró a los ojos; los suyos pasaban de uno a otro de los míos. Me percaté por primera vez de que eran de color azul claro. Puso su mano sobre la mía. Estaba caliente. Hice un gesto para liberarla de debajo de su palma, pero él la retuvo. Los segundos se extendieron. Yo no quería parecer despreciativo y la volví a relajar, entonces Eusebio apretó la suya sin dejar de mirarme. Una inquietud me recorrió. «Gracias, Nicolás…, perdona», susurró. «De nada, para eso estamos. Ya conoces el dicho: un día por ti, y otro por mí». A modo de chiste concluí: «Sabes, tienes razón: el tacto de los peces es repulsivo: frío, blando y resbaladizo, ja,ja,ja». Esa fue la primera vez en que Eusebio ocupaba mis pensamientos. Cuando volvieron las chicas y departíamos en la cena, no dejaba de pensar en sus palabras, y en la extraña situación. ...
... «Creo que se le había subido el whisky», me dije. Pero en su comentario sobre la piel de los peces había algún mensaje oculto, quizá intangible, indefinido, me dije con cierta inquietud. Dos semanas más tarde, Marta quedó en comer con Susi y Eusebio en la casa de ellos. Marta, mi mujer, era la amiga más querida de mi hermana. Se conocían desde el colegio mayor y mantenían una estrecha amistad desde antes de conocernos ella y yo. Junto con Pepita, eran conocidas como las “Lázaro”, sin que ninguna supiera ya la razón; y seguramente nadie recordaba la causa del mote; aunque yo siempre sospeché que era algo relacionado con sus creencias religiosas. Eran las cosas de aquella burguesía madrileña rancia, que se convirtió, por derecho matrimonial, en mi terreno cotidiano y pasto para el negocio que llevaba junto a Otón, el marido de Pepita: una hermosa olla endogámica propia de los episodios del tardo feudalismo y el renacimiento adriático, como sé ahora. Llamó Eusebio. Me invitó para un partido de tenis antes de la comida. La pista del club San Roque estaba vacía a aquella hora. El cielo estaba nublado y el frío de octubre soplaba en forma de una brisa molesta. Cuando empezamos el set una ligera lluvia comenzó a caer. Eusebio me preguntó si quería continuar. Le respondí que, por supuesto. Cuando fui a responder a uno de sus fuertes saques resbalé y me desestabilicé, cayendo sobre la pista. El dolor de la contusión me hizo abandonar la idea de continuar el juego. Una vez en a ...