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Conny, una dulce tentación 6
Fecha: 25/03/2026, Categorías: No Consentido Autor: Roger David, Fuente: TodoRelatos
Conny, una dulce tentación 6 El vestuario se llenó de risas ahogadas en cuanto Conny cruzó la puerta con el ramo de flores rojas en los brazos. Sus amigas, aún envueltas en toallas o ajustándose vestidos cortos, la rodearon como un enjambre de abejas curiosas. —¡Mira nada más! —exclamó Any, lanzándole suave, a Constanza, una toalla que le quedó agarrada en el hombro—. ¿Quién es el galán que te trae flores como si fueras una novia de telenovela? —¡Ni siquiera tu padre te trajo un ramo, y es precioso eh! —añadió otra, riendo como guarrilla mientras se pintaba los labios frente al espejo—. ¿Será ese viejo del almacén que siempre te mira como si quisiera comerte? Conny bajó la mirada ante sus compañeras de equipo. Sus mejillas estaban teñidas de un rosa que no era solo por el calor del vestuario. El ramo pesaba en sus brazos, pero más pesaba la certeza de que, por primera vez, alguien había notado su triunfo. —Sí, me las trajo don Úrsulo —murmuró, intentando sonar casual, pero admitiendo que se las había llevado el viejo del almacén—. Solo fue amable. —¿Amable? —Any arqueó una ceja con el tono de su voz cargado de picardía—. ¡Ese viejo, esa vez en su negoció, te miró como si quisiera arrancarte la ropa con los dientes! Las risas se multiplicaron, pero Conny no se unió. No era miedo. Era algo más confuso: gratitud mezclada con una inquietud que no sabía nombrar. Bajo la ducha, el agua caliente se deslizó por su cuerpo como una caricia que nadie le había ...
... ofrecido. El vapor envolvió su silueta esbelta, delineando cada curva de su torso lleno de juventud; también cada arco perfecto de sus hombros; cada relieve de sus muslos, los que brillaban por el efecto del agua y la fuerte luz del vestuario. Su piel, blanca y cremosa, parecía absorber el calor, volviéndose casi translúcida, como renaciente porcelana. Sus senos, de muy buen tamaño y peso, turgentes y firmes, nunca antes manoseados por hombre alguno, se alzaban con cada movimiento, con el agua resbalando por sus pezones rosados como si fueran pétalos de una flor prohibida. Cuando se inclinó para enjuagar su cabello, la curva de sus nalgas prietas se marcó contra el azulejo. Mientras que, entre sus muslos, la sombra delicada de su feminidad, es decir sus negros pelitos encrespados, los que contrataban notoriamente con la nívea piel de la pelvis, se adivinaba bajo el agua, como si la naturaleza hubiera pintado allí un secreto solo para quien supiera buscarlo. Sus manitas, ligeras y seguras, recorrían su cuerpo con una lentitud que no era vanidad, sino ritual: limpiar el sudor de la victoria, y prepararse para lo que vendría. Al salir de la ducha, se vistió con una rapidez que delataba su ansiedad. Un vestido azul, algo corto, y ajustado, pero discreto, resaltaba la esbeltez de su cintura y el brillo de sus piernas. Se maquilló con un toque de brillo en los labios y delineó sus ojos con un lápiz que hacía sus pestañas parecer abanicos de seda, pero no era para don Úrsulo, o al ...