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Hospital comarcal (9)
Fecha: 10/04/2026, Categorías: Hetero Autor: Ricardo Lomas, Fuente: TodoRelatos
... mirada por alguien que te gusta tiene un voltaje distinto; te vuelves obra y autora a la vez. Noté cómo mi pezón izquierdo se apretaba contra la copa del sujetador solo de verlo observarme con esa concentración. Mi coño era un parque acuático; podía sentir la humedad empapando el tul y sabía que él también lo estaba notando desde el sofá. —Qué buena estás, Vir —dijo por fin, grave. No se movió. No destapó aún sus cartas. Se le marcaba la erección bajo el pantalón de una forma descarada, a punto de romper costuras. Ya lo había observado más de una mañana, morcillón bajo el bóxer, pero aquello confirmaba mi sospecha con lenguaje de hechos: Julito tiene un pollón. Dejé caer el vestido a un lado de la alfombra y me quité despacio uno de los pendientes largos; el dorado rozó mi cuello como un pequeño látigo. Luego el otro. Di un paso, luego otro, haciendo que la tira de encaje de la braguita se asentara mejor sobre la cadera. Me coloqué frente a él, las piernas un poco abiertas, el peso en un talón, las manos en los costados. Silencio. Solo el frigorífico y nuestra respiración. Todavía no tenía ni idea de qué me iba a pedir, pero esta noche jugaba con reglas claras en mi cabeza: un único reto. Sin extras, sin añadidos. Lo que pidiera, lo cumpliría. Y nada más. —Julito, piénsalo bien. Porque hoy solo vas a tener lo que pidas. Nada más y nada menos. Le vi los ojos abrirse un poco más, negros, brillantes, como si la pupila se comiera el iris. Bajó la vista a mi ...
... boca, a mi cuello, al centro del sujetador; volvió a subir a los ojos como para asegurarse de que lo que iba a decir encontraba permiso. Me encantó verlo así: contenido, decidido y a punto de estallar. Me acerqué un paso más. Puse una rodilla en el sofá, entre sus piernas, y apoyé la otra al lado, encajándolo con mis muslos sin sentarme del todo, la cadera suspendida a un palmo de su erección. El encaje rozó su pantalón y me lanzó otra descarga. Incliné la cabeza a su oído y dejé que mi aliento le calentara el cuello. —He sido muy, muy mala —susurré, con la voz que me sale cuando sé que estoy perdida—. Dime cómo quieres que te lo pague. Me separé un palmo para mirarlo. Él tragó saliva. Se le notaba el pulso en el cuello. Yo le sujeté la mandíbula con dos dedos, suave, para que no se me escapara la mirada. —Estoy lista —añadí, sin temblor—. Y mojada. Se le escapó un resoplido, como si hubiese estado conteniéndose desde la puerta del portal. Noté cómo su polla latía contra la tela, a un centímetro del triángulo húmedo de mi braguita. Por un instante pensé que me iba a agarrar de la cintura y a empalarme sin previo aviso; habría dicho que sí. Pero no. Esta vez era su turno, su guion, su premio. Se echó apenas hacia atrás, apoyó los brazos en el respaldo, me recorrió con la mirada una vez más —como quien toma posesión de algo— y, con esa voz grave que pocas veces le había escuchado, empezó a hablar. 57 —Mastúrbate para mi. Quiero ver cómo te corres con tus ...