1. Hospital comarcal (9)


    Fecha: 10/04/2026, Categorías: Hetero Autor: Ricardo Lomas, Fuente: TodoRelatos

    ... moto.
    
    Subimos sin hablar, con esa urgencia muda que huele a “ya”. En cuanto entramos, él se dejó caer en el sofá y yo me quedé de pie, frente a él, esperando instrucciones como una alumna aplicada con muy mala fama.
    
    El piso era el resumen perfecto de su vida aquí: un loft de una sola pieza donde todo se mira a la cara. A la derecha, la cocina abierta con la encimera de madera clara aún oliendo a café de la mañana; el zumbido constante del frigorífico y dos copas sin fregar junto al fregadero. De frente, la cama pegada a la pared, sin cabecero, con las sábanas revueltas como si el insomnio durmiera ahí desde hace días. El salón es el mismo espacio: el sofá gris en el que Julio está sentado, una mesa baja con marcas de vasos, una lámpara de pie que arroja una luz ámbar que nos vuelve la piel más dorada. Por la ventana llega el salitre del puerto y un filito de aire fresco que levanta a ratos la cortina como si respirara. Huele a su colonia, a detergente, a noche y a ganas.
    
    —He sido muy mala, Julito —hice una mueca de falsa tristeza, la cabeza ladeada—. Me vas a tener que castigar.
    
    —Quítate el vestido —me ordenó, con una seguridad que me sorprendió y me mojó todavía más.
    
    Obedecí sin romper el contacto visual.
    
    Me llevé las manos al cuello, al nudo que hace el tirante único. Ese lazo que abraza el cuello y deja caer una tira larga por el hombro como una bufanda. Lo deshice despacio, dejando que el extremo negro me rozara la clavícula. El tejido —ceñido, ...
    ... elástico, de esos que te recuerdan cada curva— susurró cuando desplacé el nudo y dejé libre el cuello. Giré un poco el cuerpo para que viera la espalda: media descubierta, la tela recogiéndose bajo los omóplatos antes de caer recta sobre el culo.
    
    Deslicé el tirante asimétrico por el brazo, muy lento, y el escote cedió un centímetro, luego otro. El vestido es corto de verdad; basta con un paso largo y se sube más de la cuenta. Metí los dedos por el bajo, lo agarré por dentro y empecé a subirlo contra la piel como si pelara una fruta. La tela trepó por los muslos, apretando contra la cadera y liberando el borde de mi braguita. Seguí subiendo, pasé por la cintura, por el vientre, y cuando el vestido alcanzó el pecho se quedó un segundo enganchado en la forma de mis senos antes de ceder. Lo hice rebotar hacia arriba y salió, dejando un golpe de aire frío en la piel caliente.
    
    Me quedé en lencería, exactamente la que había elegido para esta noche: sujetador negro sin tirantes, tipo balconette, con las copas lisas rematadas en encaje y ese triángulo de malla entre los pechos que deja intuir más de lo que enseña; abajo, una braguita de encaje con panel central de tul fino que dibuja una V transparente. Guante de guerra. Mi amuleto.
    
    Me mordí el labio. Él no decía nada. Solo me miraba. Sentí su mirada como un dedo lento recorriéndome: clavícula, centro del pecho, curva bajo el aro, vientre, la V de la braguita, el borde sobre mi cadera, la unión al muslo. Y volvió a subir. Mirar y ser ...
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