1. Hospital comarcal (9)


    Fecha: 10/04/2026, Categorías: Hetero Autor: Ricardo Lomas, Fuente: TodoRelatos

    ... propios dedos
    
    Las palabras salieron de mi boca como un disparo seco, sin filtro. Apenas lo dije, sentí un escalofrío recorrerme la columna. Era como si, al pronunciarlo, me hubiese metido de lleno en un territorio nuevo, un terreno en el que nunca había tenido valor de entrar.
    
    Virginia me miró como quien tropieza con un relámpago en mitad de la noche: ojos abiertos, pupilas dilatadas, un gesto entre sorpresa y morbo. Esa cara que es capaz de mezclar inocencia y perversión en el mismo segundo. Y en cuanto la vi reaccionar, comprendí que aquello no la había ofendido en absoluto: al contrario, había encendido en ella una chispa peligrosa.
    
    No contestó. Solo se levantó con calma y fue hacia la cocina. Abrió un cajón, sacó un par de velas pequeñas y las encendió una por una. El fuego iluminó sus mejillas con un resplandor íntimo, casi sagrado. Después apagó la lámpara del salón. Todo se volvió penumbra salvo por el baile cálido de las llamas, que pintaban sombras móviles sobre las paredes. Cuando volvió a mirarme, sentí que sus ojos eran otro par de brasas.
    
    —Siéntate. —Me indicó con un gesto.
    
    Obedecí. Me hundí en el sofá mientras ella arrastraba la mesa de centro, desplazada desde que lo usábamos como sofá cama. La acercó con un esfuerzo que me pareció deliberado: quería marcar cada gesto, cada pausa.
    
    Se quedó de pie delante de mí. Sus piernas firmes, apenas separadas, el encaje negro de la braguita insinuándose bajo la transparencia. Levantó despacio la mano ...
    ... derecha y la deslizó hacia abajo, como si cada centímetro de piel mereciera ser recorrido con solemnidad. Cuando llegó al borde de la tela, apoyó la palma un instante sobre el monte de Venus, presionando apenas, y luego introdujo los dedos con lentitud.
    
    La expresión de su cara cambió en un segundo: los párpados bajaron un poco, la boca se entreabrió, y un leve jadeo le arqueó el pecho. No necesitaba palabras; bastaba con esa mueca de placer para entender que estaba obedeciéndome… y disfrutándolo.
    
    —Quítatela. —Le ordené con una voz que ni yo reconocí.
    
    Ella obedeció sin apartar la mirada. Bajó las braguitas con calma, como si me estuviera mostrando un regalo envuelto en terciopelo. Y cuando la tela cayó al suelo, quedé frente a un paisaje liso, depilado, perfecto. Su sexo brillaba bajo la luz temblorosa de las velas, y sus dedos, ahora desnudos, comenzaron a recorrerlo como si me hiciera un tour privado por cada rincón de su intimidad. Primero la entrada, apenas rozada. Luego un círculo lento alrededor del clítoris. Después un par de dedos hundiéndose apenas, lo justo para insinuar la profundidad.
    
    Se sentó en el borde de la mesa, apoyó un pie en el sofá junto a mi muslo y abrió más las piernas. El movimiento fue tan explícito que me atravesó como un rayo. Empezó a masturbarse con ímpetu, alternando caricias rápidas sobre el botón con pequeñas penetraciones superficiales. Sus gemidos crecían y decrecían como olas, llenando el salón de un sonido animal, imposible de ...