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Carta de Vanessa, al Cornudo de su esposo [05]
Fecha: 13/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Reina de Picas, Fuente: TodoRelatos
... conmigo». Sus palabras eran frías, calculadas, como si todo esto fuera un juego que él controlaba. «Además, si tanto te preocupa, ¿por qué sigues viniendo? ¿Por qué estás aquí, gritándome, en vez de estar con tu maridito, sirviéndole arroz con leche?» «¡Porque no me dejas en paz!» chillé, y mi voz se quebró, las lágrimas escapándose a pesar de mi esfuerzo por contenerlas. «Tú me buscaste, Damián, tú viniste a la tiendita, a esta kermes, me metiste en esta mierda donde no puedo ni respirar sin temer que todo se descubra. ¡Y ahora Toño lo sabe, y cada vez que me mira, siento que me está juzgando, que en cualquier momento va a soltar la bomba y voy a perder a Pablo, a su familia, todo lo que me ha costado años construir!» Me limpié la cara con el dorso de la mano, furiosa conmigo misma por dejarlo ver mi debilidad. «Y no solo eso, cabrón, ¿quién era esa pinche vieja que tenías colgada del brazo en la kermés? ¿Crees que no la vi, restregándose contra ti como si fuera tu dueña? ¡Me estás usando, Damián, soy solo un juguete para ti, una más de tus putas, y estoy harta de sentirme como basura!» Mis celos salieron como veneno, Pablo, porque no podía soportar la imagen de esa mujer, con su falda corta y su risa chillona, tocándolo como si tuviera derecho. Me quemaba la idea de que él le diera lo que me daba a mí, que sus manos, esas manos que me habían arrancado gemidos, se metieran en su piel, que sus ojos negros la miraran con ese fuego que yo creía mío. «Ya salió ...
... el peine »adivinó Damián sintiéndose orgulloso. «¡No soy una cualquiera que puedes usar y tirar, Damián! ¡Tengo una vida, un esposo, una casa, y tú me estás convirtiendo en una mierda que no reconoce su propia cara en el espejo! ¡Quiero que me dejes en paz, que te vayas con tu pinche zorra y me dejes vivir!» Damián me miró, sus ojos entrecerrados, y por un segundo pensé que iba a darme la razón, que iba a retroceder. Pero entonces soltó una risa seca, un sonido que me cortó como navaja. «¿Estás celosa, verdad, mami? ¿Eso es lo que te tiene así? No quieres que me aleje, quieres que sea solo tuyo», dijo, y su voz era un gruñido bajo, cargado de burla. «Esa vieja no es nadie, un rato de diversión, pero tú… tú eres la que no puede dejarme. Mírate, gritando que me odias, pero aquí estás, con las bragas mojadas, rogándome con los ojos que te coja. No me vengas con que quieres que te deje, porque si fuera cierto, no estarías aquí, temblando como perra en celo». Se acercó más, su cuerpo a centímetros del mío, y sentí su calor, su presencia como una corriente que me jalaba hacia él. «Admítelo, reinita, no es Toño ni tu cornudo lo que te jode. Es que no soportas la idea de que me coja a otra». «¡Cállate, cabrón!» grité, empujándolo con las dos manos, pero era como mover una pared. Mis dedos se enredaron en su camisa, sintiendo los músculos duros debajo, y mi cuerpo traicionó mi rabia, un calor subiéndome por el vientre. «¡No estoy celosa, estoy harta! ¡Harta de que me uses, ...