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Carta de Vanessa, al Cornudo de su esposo [05]
Fecha: 13/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Reina de Picas, Fuente: TodoRelatos
... de que me hagas sentir como una puta mientras tú sigues con tu vida como si nada! ¡No quiero esto, Damián, no quiero seguir siendo tu juguete!» Pero mi voz se quebró, y él lo notó, porque su sonrisa se hizo más ancha, más cruel. «Si tan harta estás, hablemos claro», dijo, señalando la camioneta con un movimiento de cabeza. «Súbete al carro, Vanessa. Aquí afuera cualquiera puede vernos, y no creo que quieras que las vecinas chismosas te vean peleando con el mecánico. Vamos a aclarar esto como se debe». Su tono era firme, pero había algo en sus ojos, una chispa que me ponía los nervios de punta, como si supiera que iba a ceder. Quise negarme, amor, quise mandarlo a la chingada y correr de vuelta a la kermés, pero mis piernas no se movieron, y mi coño palpitaba, traicionándome como siempre. «Solo hablar», murmuré, más para convencerme a mí misma que a él, y él asintió, abriendo la puerta del copiloto con un gesto que parecía casi caballeroso, pero que escondía esa hambre que conocía demasiado bien. Subí, temblando, el cuero del asiento frío contra mis muslos, el interior del carro limpio y ordenado, con un leve aroma a pino que no esperaba de un mecánico como él. Damián sabía lo que hacía, amor, no era un tipo descuidado, y eso me ponía más nerviosa, porque cada detalle suyo era un recordatorio de por qué me había atrapado. Se subió al lado del conductor, cerrando la puerta con un golpe seco, y el espacio se sintió de pronto pequeño, su presencia llenándolo todo. ...
... «Entonces, ¿qué quieres, Vanessa?» dijo, recargándose en el asiento, sus ojos fijos en mí, desnudándome sin tocarme. «¿Que me aleje? ¿Que le diga a Toño que se olvide de lo que vio? ¿O que te coja aquí mismo hasta que dejes de gritar pendejadas?» Su voz era calma, pero cortaba, y yo apreté las manos en mi regazo, sintiendo el sudor correr por mi espalda. «Quiero que me dejes en paz», dije, pero mi voz salió débil, y él lo notó, porque se acercó, con su mano rozando mi muslo, un toque leve que me erizó la piel. «No mientas, reinita», susurró, y su aliento caliente me rozó la mejilla. «Estás celosa, y eso te está comiendo viva. Pero no te preocupes, esa vieja no es nada, solo un rato. Tú eres la que me tiene loco, la que me hace querer partirte en dos cada vez que te veo». Sus dedos subieron por mi muslo, lentos, y yo quise apartarlo, pero mi cuerpo no respondió, mi respiración acelerándose mientras él seguía hablando. «Dime la verdad, mamacita. Si tanto odias esto, ¿por qué sigues viniendo? ¿Por qué estás aquí, en mi carro, en vez de estar con tu marido?» No tuve ninguna respuesta convincente. Mi rabia se deshacía, amor, como arena entre los dedos, y el calor de su mano en mi muslo me nublaba la cabeza. «No… no quiero esto», murmuré, pero mi voz era un jadeo, y él se rió, bajo y sucio, su mano subió más, rozando el borde de mis jeans. «Sí quieres, mamacita», gruñó, y antes de que pudiera protestar, su otra mano me agarró por la nuca, jalándome hacia él, su boca rozó la mía, ...