-
Carta de Vanessa, al Cornudo de su esposo [05]
Fecha: 13/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Reina de Picas, Fuente: TodoRelatos
... no un beso, sino una promesa de lo que venía. «Damián, para», dije, pero mi cuerpo se inclinaba hacia él, mis manos temblaban mientras se posaban en su pecho, sintiendo los latidos fuertes bajo su camisa. «Solo… solo quería hablar», balbuceé, pero él ya me tenía, amor, sus dedos acariciándome, su boca rozando mi cuello, lamiendo el sudor que me corría por la piel. «Hablamos después, reinita», gruñó, y yo gemí, un sonido débil que me traicionó, mi coño palpitando mientras sus manos se metían bajo mi blusa, estrujándome las tetas con esa fuerza que me hacía perder la cabeza. No sé cómo pasó, Pablo, pero estaba cediendo, mi rabia derritiéndose bajo su toque, mi cuerpo rindiéndose como siempre lo hacía. «Solo esta vez», murmuré, más para mí que para él, mientras sus dedos bajaban por mi vientre, abriendo mis jeans, y yo me odiaba, amor, me odiaba por ser tan débil, pero no podía parar, no cuando él me miraba así, no cuando mi coño chillaba por él como una perra en celo. Mis nervios eran un caos, amor, un nudo apretado en el estómago que no me dejaba respirar. Cada crujido del cuero bajo mi culo, cada roce de su mano, me recordaba dónde estaba: en el carro de Damián, a unos metros de la kermés, donde tú, Pablo, estabas con tu mamá y Lupita, ajeno a la mierda que estaba haciendo. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a reventarme el pecho, y mis ojos se iban a la ventana, buscando sombras en el estacionamiento oscuro, temiendo que una vecina chismosa o, peor, ...
... que tú, amor, aparecieras de pronto, viéndome como la zorra que era. «Damián, no… alguien nos va a ver», balbuceé, mi voz temblando mientras intentaba empujarlo, mis manos sudadas resbalando contra su pecho duro. «Tranquila, reinita, los cristales son polarizados», gruñó, su voz baja y sucia, cargada de esa seguridad que me ponía los nervios de punta. «Nadie va a ver cómo te chupo esa panochita rica». Sus palabras me llegaban hondo, y mi coño traicionero se mojó más, palpitando bajo sus dedos mientras él desabrochaba mis jeans con una mano, la otra subiendo por mi blusa, estrujándome las tetas con una fuerza que me sacó un gemido. «Mírate, toda nerviosa, pero te encanta el peligro, ¿verdad, zorra?», dijo, y su risa resonó en el espacio cerrado, mezclándose con el zumbido lejano de la banda en la kermés. Quise protestar, amor, quise gritarle que parara, que no podía hacer esto con tu familia tan cerca, pero mi cuerpo no me obedecía. Sus dedos se colaron bajo mis calzones, rozando mi clítoris hinchado, y un calor asqueroso me subió por las piernas, haciéndome jadear como una idiota. «Papi, por favor… no aquí», murmuré, pero mi voz era un gemido roto, y él lo sabía, porque sus ojos negros brillaban con esa hambre que me deshacía. «Cállate, putita, que tu concha está empapada», gruñó, y metió un dedo dentro, luego dos, abriéndome con una rudeza que me hizo arquear la espalda contra el asiento, mis tetas rebotando bajo la blusa empapada de sudor. El carro era un puto ...