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Carta de Vanessa, al Cornudo de su esposo [05]
Fecha: 13/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Reina de Picas, Fuente: TodoRelatos
... infierno, amor, el aire pesado con el olor a pino del ambientador y el sudor de nuestros cuerpos. Mis manos temblaban, agarrándose al asiento, al volante, a cualquier cosa para no rendirme del todo, pero él no me daba tregua. «Mírate, pinche perra, toda mojada, pensando que te van a cachar», gruñó, y su mano libre me jaló por la nuca, estrellando su boca contra la mía, su lengua metiéndose en mi boca como si quisiera tragarme entera. Sabía a cerveza y tabaco, y yo, maldita sea, me dejaba, chupando su lengua como una zorra desesperada, mis gemidos ahogados contra sus labios mientras sus dedos bombeaban dentro de mi coño, el chapoteo húmedo resonando como un eco de mi traición. «Damián, no… si alguien pasa…», balbuceé entre besos, mis ojos volviendo a la ventana, buscando cualquier sombra en el estacionamiento, imaginando a Toño riéndose desde la oscuridad o, peor, a ti, Pablo, caminando hacia el carro con esa cara de imbécil preocupado que me mataba. Pero Damián solo se rió, sus dientes rozándome el labio inferior mientras gruñía, «Que pasen, reinita, que vean cómo te mama la verga una hembra de verdad». Sus palabras eran grotescas, amor, y me ponía más caliente, mi coño apretaban sus dedos como si quisiera engullirlos, mis jugos chorreando por su mano, salpicando el cuero con un sonido asqueroso que me hacía temblar de vergüenza y morbo. Me sacó la blusa, y luego mi sujetador, y mis tetas quedaron al aire, los pezones duros como piedras bajo su mirada ...
... hambrienta. «Qué chichotas, mamacita», gruñó, y se inclinó, chupándome un pezón con una fuerza que me hizo gritar, «¡Ay, mierda, papi!». Mi espalda se arqueó, mis manos enredándose en su pelo, jalándolo mientras él lamía y mordía, dejando marcas rojas que tendría que esconder de ti. «Alguien… alguien va a oír», jadeé, mi voz quebrándose, pero él solo levantó la cabeza, su barba raspándome la piel mientras gruñía, «Que oigan, zorra, que sepan que eres mía». Mis nervios no se iban, amor, cada ruido del estacionamiento —un crujido de grava, un eco lejano de risas— me ponía al borde del pánico. Pensaba en tu mamá, en Lupita, en las vecinas que podrían pasar por aquí, viendo el carro meciéndose, imaginando lo peor. Pero Damián no paraba, sus manos bajando mis jeans hasta los tobillos, mis calzones colgando de una pierna mientras me abría las piernas con una fuerza que me sacó el aire. «Mira esa panochita, toda abierta para mí», gruñó, y se agachó, su lengua lamiendo mi coño con una hambre que me hizo aullar, «¡Papi, qué rico, mierda!». Mi cuerpo convulsionaba, mis muslos temblando mientras él chupaba mi clítoris, sus dedos entrando y saliendo, mis jugos salpicándole la barba como si fuera su trofeo. «Damián, por favor… nos van a ver», gemí, mis manos empujando su cabeza pero sin fuerza, mi coño rindiéndose a cada lamida, a cada mordida. Él levantó la vista, su cara brillando con mis jugos, y gruñó, «Los cristales son polarizados, reinita, ya te dije, nadie ve nada, pero tú ...