1. Oda a las alumnas del IED Altamira


    Fecha: 25/04/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Autor: Orlok82, Fuente: SexoSinTabues30

    ... cahceterito era especialmente pequeño. ¿Y si se le veían así fueran las puntas exteriores de los pliegues de su asterisco? ¿O al menos donde se oscurece entre las nalgas? ¡Obvio no! Llevaba un cachetero, pequeñito, sí; pero no una minimalista tanga brasilera. Pero ella debió creer que llevaba una, porque en vez de arreglarse la falda volteada o siquiera enderezarse a sí misa, solo se puso la punta de sus finos dedos entre las infladas nalgas. O sea, se tapó el ano, como si se le estuviera viendo. «Esta perra está pidiendo mano» pensó el afortunado pervertido. Julieth no notó al sujeto a lo largo de seis cuadras. Ni siquiera cuando salió de la avenida y empezó a subir las calles escalonadas de su conjunto. Seguía agachándose sendamente cada diez pasos para ver a su sobrino, y el pervertido la veía desde seis escalones abajo. Se sobaba con fuerza el pantalón, que tenía como carpa de circo. Julieth, al fin advirtió al sujeto extraño, pero no le otorgó trascendencia. Es más, solo volvió a saber de él cuando, ya bien adentrados en la urbanización, apenas menos desolada a esa hora que la avenida, sintió su mano extraña y de textura áspera, como mano de albañil. La sintió metiéndose entre sus atléticos muslos y ascendiendo, haciendo presión sobre sus carnes firmes y llegando a su tibio sexo, donde la presión se hizo infinita y el tipo cerró tanto el pulgar contra el resto de los dedos que pareció metérselo por el ano. Un gemidito tímido nació en el contraído vientre de Julieth, ...
    ... ascendió por su pecho como géiser y salió por su boca cual risotada. Volteó a ver, asombrada, a ver quién había sido el osado y abusivo. Lo vio y lo detalló: De esos viejos que llevan décadqs perdiendo el cabello y que sobre la cabeza solo les quedan dos o tres hediondas hebras de pelo y un par de cepillos de pelo tieso a los lados. Con arrugas y cara de viejo verde. Estaba yéndose escaleras abajo, todavía mirándola con lascivia y oliéndose la mano como perro. Julieth estaba congelada, pero no de miedo, solo de puro asombro. «¿Cómo puede haber tipos tan aventados?» se preguntaba. El único miedo que sentía la muchacha era pequeñito, y no era si quiera por ella misma sino por la seguridad de su querido sobrino. Que a ella le metieran la mano en el culo era… lo único raro es que hubiese sido un desconocido, visiblemente mayor y en la calle. Pero sus compañeros de colegio la manoseaban casi todo el tiempo y un par de peculiares profesores también, con mucha menos frecuencia. A los primeros les daba acceso exclusivamente por placer, porque le encantaba sentirse hembra y ser la que más les paraba el pito; y a los segundos, por conveniencia, como porque le alcahuetearan cosas o por insignificante calificación. En cambio, ser manoseada en la calle por un viejo feo y desconocido era una experiencia nueva. Como fuera… «Qué peligro, con el niño, claro» pensó Julieth, y siguió la rutina de su día.
    
    🅻uego de contarles a Emma Marcela y a Mosquita su inesperada aventura, Julieth se despidió ...
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