1. Compañeros - Capítulo 27: Costa Azul caliente


    Fecha: 11/05/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: nowbly, Fuente: TodoRelatos

    ... surgía la ocasión. Y en un hotel de lujo en la Costa Azul, con gente atractiva por doquier, Carlota presentía que las tentaciones no tardarían en aparecer.
    
    Colgó la llamada con el corazón acelerado. Desde la terraza, las olas rompían suavemente contra la orilla y las luces de la piscina del hotel brillaban abajo en el jardín. Carlota salió un momento a la barandilla, dejando que la brisa nocturna acariciara su rostro. Se sentía libre, atrevida y un poco inquieta por lo desconocido. Con Miguel había dado un paso importante; ahora estaba lista para descubrir qué aventuras la aguardaban en ese paraíso bañado por la luna.
    
    Miradas en el Gimnasio
    
    Al día siguiente, Carlota se despertó temprano, ansiosa por explorar las instalaciones del hotel. Después de un generoso desayuno buffet con sus padres, decidió pasar la mañana en el gimnasio del hotel para quemar algo de energía. Se puso un conjunto deportivo ceñido —mallas negras y top de tirantes rosa pastel— que realzaba la firme juventud de su cuerpo. Con una toalla al hombro y una botella de agua en mano, entró en la sala de fitness de mármol pulido y espejos infinitos.
    
    El lugar estaba casi vacío a esa hora, salvo por un hombre cerca de las pesas. Alto, moreno, de músculos cincelados, lucía la camiseta del staff del hotel con el logo bordado en el pecho. Debe ser un entrenador personal, pensó Carlota mientras lo observaba de reojo. Él estaba ayudando a una clienta a ajustar la máquina de glúteos, con una sonrisa ...
    ... profesional. Cuando Carlota pasó junto a ellos en dirección a las cintas de correr, sintió su mirada azulada posarse brevemente sobre ella. Un leve escalofrío de adrenalina le recorrió la nuca.
    
    Mientras trotaba en la cinta, Carlota no pudo evitar echar discretos vistazos en el espejo que reflejaba el área de pesas. El entrenador había terminado con la clienta y ahora ordenaba unas mancuernas. En un momento, sus ojos se encontraron a través del espejo: los de él, intensos y curiosos; los de ella, rápidamente huidizos y tímidos. Carlota sintió un rubor cálido en las mejillas. Había algo en la presencia de ese francés desconocido que la inquietaba y atraía a la vez. Era mayor que ella, quizá veintitantos bien llevados, con barba incipiente y una confianza felina en sus movimientos.
    
    Tras unos minutos, el entrenador se acercó con naturalidad a las cintas.
    
    —¿Te has estirado antes de correr? —le preguntó en español con acento francés, señalando sus piernas.
    
    Carlota aminoró la velocidad y negó con la cabeza, un poco sorprendida de que le hablara.
    
    —Deberías calentar y estirar para no lastimarte —prosiguió él amablemente—. Puedo ayudarte si quieres.
    
    Ella se aferró a la barandilla de la máquina, sintiendo el corazón golpear con fuerza contra sus costillas.
    
    —Claro, gracias… —respondió, deteniendo la cinta.
    
    El entrenador sonrió y se presentó: se llamaba Alain. La condujo hacia una colchoneta en la esquina para enseñarle unos estiramientos básicos. Carlota siguió sus ...
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