1. El Convento 1


    Fecha: 29/06/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Autor: Birkin1990, Fuente: TodoRelatos

    ... cepillo al ver cómo el tejido se tensaba contra sus pechos, que crecían, inflamándose como frutas envenenadas bajo la lana. Corrió a su celda, desgarrándose el hábito con manos temblorosas. Lo que vio la paralizó:
    
    Sus pechos estaban hinchados, marmóreos, las venas azules brillando bajo la piel tirante. Los pezones, erectos como balas, habían adquirido un rojo violáceo, casi negro, duros y dolorosos como diamantes. El más leve roce del camisón de lino fue una tortura. Cayó sobre el jergón, jadeando, mientras un calor infernal le ascendía por el esternón, sofocándola.
    
    La inconsciencia fue un manto pesado y lleno de pesadillas.
    
    Beltien materializó sus manos azules sobre el aire viciado. Esta vez, no hubo sonrisa burlona. Sus ojos de doble anillo contemplaron el cuerpo retorcido de Lala, el sudor frío bañando sus senos monstruosos y palpitantes.
    
    —Demasiado rápido, pequeña mártir... —murmuró, casi con un dejo de culpa. Un gesto sutil, un susurro en lengua abisal, y el aire se saturó con el hedor dulzón de los Jardines de la Lujuria: azafrán podrido, miel fermentada y sudor de virgen.
    
    El efecto fue instantáneo. Lala, aún inconsciente, arqueó la espalda como un arco, un gemido gutural escapando de sus labios. Sus pezones, ya al borde, comenzaron a supurar. Primero, gotas de un líquido ámbar espeso. Luego, un flujo constante, brillante como aceite de oliva, que olía a almizcle y sal marina.
    
    —Necesitas... alivio —susurró Beltien. No con piedad, sino con la precisión ...
    ... de un cirujano que abre una herida a propósito.
    
    Chasqueó los dedos.
    
    Dos súcubos infantiles, no más grandes que gatos, emergieron de manchas de aceite en el suelo. Sus cuerpos eran de carbón brillante, alas de murciélago en miniatura, ojos como brasas. Sin sonido, se abalanzaron sobre los pechos de Lala.
    
    Una se aferró al seno izquierdo con manitas de garras que no rompieron la piel, pero dejaron marcas. Su boca se selló sobre el pezón purpúreo. Chupó.
    
    Lala gritó, despertando a medias, atrapada en la niebla del conjuro. El dolor se transformó en una punzada eléctrica de placer obsceno.
    
    La segunda súcubo prendió su boca en el otro pezón, tragando el néctar espeso que brotaba con fuerza. Cada succión era una bomba de vacío que extraía no solo el líquido, sino la resistencia de Lala, la cordura, los rezos aprendidos.
    
    —¡Ssssí...! —silbó la primera criatura, mientras el néctar —cargado con la angustia, la fiebre y los deseos enterrados de la monja— corría por su garganta.
    
    El suelo se encharcó con el néctar derramado. Cuando las criaturas se desprendieron, satisfechas, los pechos de Lala habían vuelto a su tamaño normal, pero los pezones seguían rojos, sensibles como llagas abiertas, brillantes de saliva infernal.
    
    —No es leche, querida —murmuró Beltien, limpiando un resto del fluido ámbar del labio de una súcubo con el dedo y frotándolo sobre los labios partidos de Lala.
    
    Al despertar, Lala encontró sus pechos vacíos, doloridos... y extrañamente fríos. En el ...