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La Última Carta de La Hondonada (3)
Fecha: 01/07/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: mensajera22, Fuente: TodoRelatos
La Última Carta de La Hondonada (3) Capítulo 3 El secreto de la sangre. La Hondonada, otoño de 1927 Treinta años después de la desaparición de Juana, el sol seguía cayendo sobre Jaén con la misma crueldad, y el olivo centenario del patio de La Hondonada proyectaba la misma sombra alargada que parecía devorar el tiempo. El cortijo, aunque envejecido, permanecía erguido, como un testigo mudo de las generaciones que lo habían habitado y de los secretos que lo habían corrompido desde dentro. En 1927, Don Alonso Montiel, bisnieto de Tomás, era el último de una estirpe que ya no creía en la tierra, sino en el control. Ya no se trataba de cosechas o de olivares, sino de poder, de silencio, de mantener las apariencias en una España que cambiaba, pero en la que los terratenientes aún dictaban su ley en los pueblos pequeños. Alonso era un hombre de sesenta y dos años, alto, de mirada fría y voz contenida, que hablaba poco y ordenaba mucho. Su esposa había muerto años atrás, y de su matrimonio solo quedaba una hija: Carmen, una joven de veintidós años, culta, reservada, con una belleza serena que no era llamativa, pero que atraía por su profundidad. Había estudiado en Granada, leía a las poetisas del 27, y tocaba el piano con una intensidad que algunos consideraban inapropiada para una mujer de su condición. Pero en La Hondonada, nada era como parecía. La relación entre Alonso y Carmen no había comenzado con una palabra. Ni con un gesto. Había nacido del ...
... aislamiento, del peso del apellido. No había amor, ni siquiera en el sentido más perverso del término. Había una necesidad: la necesidad de un padre de poseer lo único que le quedaba, y la necesidad de una hija de sobrevivir dentro de un mundo que no le ofrecía salida. El primer encuentro no fue en la biblioteca, sino en el despacho del padre, una tarde de otoño, cuando la lluvia golpeaba los cristales como si quisiera entrar. Carmen había ido a entregarle un documento: una carta del notario sobre la venta de una parcela. Alonso la recibió sentado tras su escritorio, con las manos entrelazadas, los ojos fijos en ella. No la miró como a su hija. La miró como quien mira algo que ya posee, pero que aún no ha reclamado del todo. —Cierra la puerta —dijo, sin alzar la voz. Ella obedeció. El crujido del cerrojo resonó como un latido. —Ven aquí —dijo. Carmen avanzó. No temblaba. Solo sentía una extraña parálisis, como si su cuerpo tuviese un presentimiento. —Eres muy bella hija mía—dijo Alonso, con una voz que no era paternal—. Y eres la única que entiende este lugar. La única que entiende mi sangre. Carmen no respondió. No podía. Había sentido en cada mirada prolongada de él, cada vez que su padre le colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja con una ternura excesiva. La lluvia no cesaba. Golpeaba los cristales del despacho con una insistencia casi obscena, como si el cielo mismo quisiera escuchar lo que estaba por suceder dentro de aquellas paredes encaladas, ...