1. La Última Carta de La Hondonada (3)


    Fecha: 01/07/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: mensajera22, Fuente: TodoRelatos

    ... una solemnidad que convertía el acto en una consagración.
    
    —Abre la boca hija —ordenó.
    
    Ella obedeció. Los labios se separaron lentamente, como pétalos que se abren al sol. La lengua, tímida, asomó un instante. Alonso guió su erección hasta la comisura, rozó sus labios con la punta, jugó con el glande en sus labios, en la punta de la naricita. Luego la deslizó dentro.
    
    Carmen cerró los ojos. El sabor era salado, metálico, intenso. El calor, abrumador. La textura, dura con la presión de la sangre, viva, palpitante. Sintió que su garganta se tensaba, que el reflejo de la náusea quería subir, pero Alonso la sujetó con más fuerza, marcando el ritmo.
    
    —Más hondo —murmuró—. No tengas miedo. Tómame entero.
    
    Y ella lo hizo. Bajó lentamente, dejando que la erección se deslizara por su garganta, centímetro a centímetro, hasta que la punta tocó el fondo. Sintió que el aire se escapaba, que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero no se apartó. Por el contrario, comenzó a moverse. Arriba y abajo. Con una cadencia que no era enseñada, sino descubierta.
    
    Alonso gimió. Un sonido profundo, gutural, que brotó del fondo de su pecho. Le acarició el cabello, le apretó la nuca, marcando el ritmo.
    
    —Así… putita… eres muy guarra y lo haces muy bien para papá…
    
    Carmen, con los ojos cerrados, sintió algo extraño. Era su lengua la que lo llevaba al límite. Y por primera vez, en medio de la humillación, sintió un atisbo de gozo.
    
    Alonso la apartó con suavidad, pero con firmeza. ...
    ... La hizo arrodillarse delante de él. Luego, le desabrochó el sujetador. Los pechos quedaron libres, firmes, con los pezones erectos por el deseo y el frío.
    
    —Eres mía —murmuró—. Desde que naciste. Desde que te tuve en brazos. Desde que te vi por primera vez.
    
    Le acarició los pechos. Primero con los dedos, luego con los labios. Los besó. Los lamió. Los mordió suavemente, hasta que Carmen gimió. Luego, descendió. Le bajó las bragas. Lentamente. Como si deshojara una flor. La tela se deslizó por sus piernas, quedó en el suelo como un rastro de seda.
    
    Carmen estaba desnuda. Frente a él. Arrodillada. Con el rostro aún húmedo por la saliva y el deseo.
    
    Alonso la tomó por las caderas. La hizo ponerse a cuatro patas sobre la alfombra. Ella no se resistió. Sabía lo que venía. Lo había sentido en los sueños que no recordaba, en las miradas que no quería entender.
    
    Le separó las nalgas. Lento. Con una reverencia casi religiosa. Descubrió el pequeño orificio del ano, cerrado, tenso. Lo acarició con un dedo. Primero con suavidad. Luego con más presión. Carmen gimió.
    
    —Relájate —dijo Alonso—. Déjame entrar. Como si fuera tu dueño. Porque lo soy.
    
    Le humedeció el ano con saliva. Luego, con un dedo, comenzó a penetrarla. Lentamente. Centímetro a centímetro. Hasta que el esfínter cedió. Carmen gritó. Un grito corto, ahogado. El dolor era agudo, profundo, como si algo en su interior se rompiera para siempre.
    
    Pero Alonso no se detuvo. Siguió moviendo el dedo. Luego, añadió un ...