1. La Última Carta de La Hondonada (3)


    Fecha: 01/07/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: mensajera22, Fuente: TodoRelatos

    ... entre los libros de cuentas y los retratos de antepasados que miraban con ojos de piedra. El aire olía a aceite de lámpara quemado, a tabaco viejo, a cuero húmedo.
    
    Conocía las intenciones de su padre. Sus pies descalzos —se había quitado los zapatos al entrar, por costumbre, por respeto— rozaron la alfombra persa, desgastada por generaciones de pasos silenciosos. La luz de la lámpara de aceite, baja, proyectaba sombras largas sobre sus piernas, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para contemplarla.
    
    Alonso no se levantó. Permaneció sentado tras el escritorio de caoba, con las manos entrelazadas, los dedos largos y fuertes como raíces de olivo. Sus ojos, grises como el cielo antes de la tormenta, no la miraban como un padre mira a una hija. La miraban como un dueño mira a su puta.
    
    Algo en ella, algo antiguo, respondía a aquella llamada. No era amor. Era algo más profundo, más oscuro: una atracción que nacía del aislamiento, del peso del apellido, del silencio que los envolvía como una sábana.
    
    Cuando estuvo frente a él, Alonso alzó una mano. Le tocó el rostro. Primero con el dorso de los dedos, luego con la palma. Su piel era cálida, áspera por el trabajo que nunca había hecho, pero marcada por el sol de tantos veranos sobre los olivares.
    
    —Eres muy bella hija —murmuró—. Demasiado para este lugar. Demasiado para este mundo.
    
    Carmen no respondió. Solo sintió un estremecimiento que le bajó por la espalda, como si una serpiente invisible se deslizara entre ...
    ... sus vértebras.
    
    —Mírame —ordenó.
    
    Ella alzó los ojos. Aquello no era un capricho, ni una locura pasajera. Era un ritual.
    
    Alonso se levantó. Lento. Soberbio. Como un rey que se alza de su trono para reclamar lo que es suyo. Le desabrochó el vestido por la espalda, uno a uno. El corazón de Carmen latía cada vez más rápido, más fuerte.
    
    Quedó en ropa interior: una combinación de seda blanca, antigua, casi transparente por el uso. El sujetador, de encaje desvaído, apenas contenía sus pechos, firmes y altos, coronados por pezones oscuros que se endurecieron al contacto con el aire frío.
    
    Alonso la miró. Largo rato. Como si estuviera memorizando cada curva, cada sombra, cada latido. Luego, le tomó la mano. Se la llevó a la entrepierna. Allí, bajo el pantalón de lana, la erección latía como un animal vivo, caliente, palpitante.
    
    —Tócame —dijo.
    
    Carmen no se resistió. No quiso. Sus dedos temblorosos desabrocharon el cinturón, luego el botón, bajaron la cremallera. El pantalón cayó. Y entonces, por primera vez, vio lo que había estado oculto: el sexo de su padre, erecto, grueso, con venas que palpitaban como raíces bajo la piel. La punta, húmeda, brillaba con una gota de deseo que no podía contener.
    
    —Acuérdate —dijo Alonso—. Como me querías cuando eras niña… cuando te sentabas en mis rodillas… cuando me llamabas “papá”.
    
    Pero esta vez, no era un juego. Esta vez, era verdad.
    
    Le tomó la cabeza con ambas manos. Con firmeza. Con autoridad. No con violencia, sino con ...