1. El Diagnóstico del Deseo - Parte 1


    Fecha: 19/07/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Nicole Hot, Fuente: TodoRelatos

    El Remis avanzaba por la ruta polvorienta del sur argentino, dejando atrás lo poco que Maite conocía como civilización. Los campos se extendían interminables, teñidos de dorado por el sol del atardecer, y el aire que se filtraba por la ventana entreabierta olía a tierra seca y pasto quemado. Maite apretó su pequeño bolso contra el pecho, como si ese gesto pudiera protegerla de lo desconocido. Sus ojos color miel claro—tan claros que parecían transparentes bajo la luz del sol—recorrían el paisaje con ansiedad.
    
    —Queda poco, señorita —dijo el conductor sin apartar la vista del camino—, la estancia del doctor Castro Moreno está justo después de aquella loma.
    
    Maite asintió en silencio, sus dedos jugueteando nerviosos con el extremo de su trenza rubia, tan larga que le rozaba la cintura. Su cuerpo menudo se veía aún más frágil bajo el vestido de algodón que llevaba, una prenda modesta que no lograba ocultar sus curvas: caderas estrechas pero con unas nalgas firmes y redondas que parecían hechas para ser agarradas, una cintura tan delgada que un hombre podría rodearla con sus manos, y unos pechos pequeños pero perfectamente torneados.
    
    El Remis ascendió la loma y allí, en medio de la nada, apareció la casa del doctor. Una construcción antigua de piedra y madera, con un porche amplio y cortinas pesadas que ocultaban las ventanas. Maite sintió un escalofrío.
    
    —¿Aquí…? —preguntó, su voz apenas un hilo.
    
    —Sí, aquí —respondió una voz grave desde la entrada de la ...
    ... casa.
    
    El doctor Gonzalo Castro Moreno emergió de la sombra del porche, su figura imponente recortada contra la luz del atardecer. A sus cincuenta y ocho años, el tiempo no había sido amable con él: su barriga redonda se extendía sobre el cinturón de sus pantalones de vestir, su rostro estaba marcado por la rosácea y la calvicie avanzaba irremediablemente. Pero sus ojos—pequeños, oscuros, astutos—brillaban con un interés que no era profesional cuando recorrieron el cuerpo de Maite.
    
    —Bienvenida, Maite —dijo, extendiendo una mano carnosa—, su nuevo hogar.
    
    Ella dudó un instante antes de tomar su mano, sintiendo cómo sus dedos sudorosos envolvían los suyos con una presión que no era precisamente amistosa.
    
    —Gracias, doctor… —murmuró, bajando la vista.
    
    —Dentro, por favor —indicó él, haciendo un gesto hacia la puerta—, debemos revisar su estado de inmediato.
    
    El interior de la casa olía a medicina antigua y madera encerada. Las paredes estaban cubiertas de diplomas amarillentos y estantes repletos de frascos con líquidos turbios. Maite siguió al doctor por un pasillo estrecho hasta una habitación que parecía ser una mezcla entre consultorio y dormitorio. Una camilla de examen ocupaba el centro, con sábanas impecablemente blancas, y junto a ella, un escritorio lleno de jeringas y frascos de pastillas.
    
    —Siéntese —ordenó el doctor, señalando la camilla.
    
    Maite obedeció, sus piernas temblorosas apenas soportando su peso. El doctor se acercó, su aliento a café rancio y menta ...
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