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Rojo intenso (2): Secreto en la oficina (parte 1)
Fecha: 23/07/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: ElPecado, Fuente: CuentoRelatos
... habían encendido… apenas estaba comenzando. Pero ese mismo lunes. Minutos después, Rosanna intentó continuar con su día. Intentó. Abrió correos, revisó una cotización, firmó una orden de producción. Pero nada de eso lograba alejarla del recuerdo de esa madrugada: los suspiros, el calor de Ismael fundido en su cuerpo, su voz susurrándole “tía” al oído mientras la penetraba. Se quitó los lentes, cerró los ojos y respiró profundo. Su cuerpo aún ardía. Lo deseaba. Lo deseaba con una urgencia que rozaba lo peligroso. Y entonces lo hizo. Marcó desde su teléfono interno con solo dos teclas. Dos segundos después, la voz de Ismael respondió, suave, paciente. —¿Sí? —Ven. Ahora —dijo ella. Sin más. Sin justificación. La puerta se cerró tras él. Ismael dio dos pasos y la encontró de pie junto a su escritorio, con las mejillas sonrojadas y los labios húmedos, como si acabara de salir de un sueño caliente. Ella no dijo nada. Solo lo miró, con los ojos encendidos. —¿Pasa algo con la campaña? —intentó él, a medias, sabiendo la respuesta. Rosanna se acercó y lo empujó contra la pared, con fuerza, con hambre. —Sí. Pasa que no puedo concentrarme. Pasa que desde que llegaste no dejo de imaginarte… dentro de mí otra vez. Ismael se quedó quieto. Su respiración se aceleró de golpe. —Tía… —No digas mi apodo ahora… o me voy a derretir aquí mismo. Ella lo besó con una mezcla de rabia contenida y ternura. Lo besó como quien está cruzando un límite que ha ...
... querido romper durante años. Su mano lo tomó por la nuca, sus dedos buscaron el calor bajo su camisa, y su cuerpo se pegó al de él como si lo necesitara para poder respirar. —Cierra la puerta con seguro —murmuró al oído—. Nadie entra hasta que yo diga. Ismael obedeció. Temblando. Encendido. Cuando volvió hacia ella, Rosanna ya estaba quitándose la blusa, los botones soltándose uno a uno, revelando la lencería oscura que había elegido esa mañana sin saber —o tal vez sí sabiendo— que terminaría así. Su cabello caía desordenado sobre los hombros, y sus ojos brillaban de pura lujuria. —Tócame como anoche —susurró—. Haz que olvide que esto es una oficina. Hazme olvidar mi nombre, Lucas… Y así, en ese rincón secreto del estudio, entre bocetos, ideas y campañas, Rosanna y Ismael volvieron a entregarse al fuego que no habían podido apagar. Allí, sin camas ni velas, sin música ni vino, solo el uno al otro, sus cuerpos volvieron a hablar en su idioma secreto. Y el mundo, otra vez, se desvaneció a su alrededor. El clic del seguro en la puerta fue como un disparo invisible que rompió toda resistencia. Rosanna se lanzó sobre él sin dudar, con una energía que no era rabia, sino lujuria acumulada, retenida por años. Sus labios buscaron los suyos con una desesperación silenciosa, como si los minutos que habían pasado desde la última vez hubieran sido siglos. Lo besaba como quien necesita respirar. Como si él fuera el oxígeno que la mantenía viva. Ismael la sostuvo ...