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Diario de un Consentidor 200 Soledades
Fecha: 04/08/2026, Categorías: Intercambios Autor: Mario, Fuente: TodoRelatos
... despertar a su lado. Por fin dio señales de marcharse, Carmen le acompañaba a la puerta. Antes de salir del salón se detuvo. —Casi lo olvido. Le cruzó la cara, fue un golpe seco, tan contundente e inesperado que perdió el equilibrio, aún tuvo tiempo de agarrarse al respaldo del sillón más cercano. Salí disparado a por él. —¡No, Mario, no! —me pidió a gritos—. Frené en seco. Se rehizo, cubrió la mejilla con la mano y comprobó si le había hecho caso. —Eso es, sujeta al perro. —Le miré cargado de odio. Sonrió, se creía inmune—. Ni se te ocurra volver a ponerme la mano encima, ¿está claro? —le advirtió sin perder la calma. —Sí. —respondió con un hilo de voz. Le sujetó la barbilla y quedaron cara a cara. Carmen extendió el brazo para detenerme. —Que si lo has entendido. —Lo he entendido. —contestó en voz alta. Agarró la blusa por el escote, la zarandeó y al segundo intento la rajó de un brusco tirón, ella volvió a pedirme contención; una tercera sacudida dejó la prenda abierta. Gerardo la cogió con firmeza por la cintura y le apretó uno de los pechos. —¿Vas a echarte a llorar? Negó con la cabeza. —No te escucho. —No. —¿Y qué haces mirando al suelo? ¡Levanta la cabeza, coño! La imagen era tremenda; Gerardo la tenía bien amarrada por los riñones, había ido estrechando el contacto hasta no dejar ni un resquicio entre ellos, Carmen tuvo que doblar la espalda hacia atrás para mantener el espacio que le permitía manosearla; por un ...
... instante abandonó sus pechos, le retiró el cabello del rostro y terminó con una caricia en la mejilla, se arrimó como un perrillo a la mano que poco antes la había castigado. Los brazos colgando, sin ofrecer resistencia era la viva imagen de la entrega absoluta. Al cabo de un rato se detuvo con uno de los aros entre los dedos tirando del pezón. —Me haces daño. —Qué es esto. ¿Se puede saber para qué te hago regalos, eh?, ¿para que los guardes? No obtuvo respuesta; la tensión se palpaba en el aire. —Dámelos. —¿Qué? —Que me los devuelvas. Si no los piensas usar, me los llevo. —No sabía que ibas a venir. —Te alojo en mi casa, te doy todos los caprichos, te trato como a una reina; lo menos que puedes hacer es ser agradecida. Se había quedado sin palabras, solo negaba con insistencia. —Devuélvemelos. —Espera. Me los pongo, me los pongo. —Rápido, no tengo toda la mañana. Nos quedamos inmersos en un denso silencio. Gerardo se dedicó a dar cortos paseos de un lado a otro; yo, espectador de una escena demoledora, me debatía entre ponerlo en la puta calle o esperar a que todo acabase, porque temía la impredecible reacción de Carmen si lo echaba, aunque mi inacción me estaba dejando como un pelele. —¿Por qué te empeñas en humillarla? —Esto no va contigo, no te metas. Trabaja para mí, a ver si lo entiendes, tú solo eres un... invitado; puedes quedarte a mirar, calladito y sin molestar, o si no te gusta, ya sabes. —dijo señalando la puerta. Estaba ...