1. Diario de un Consentidor 200 Soledades


    Fecha: 04/08/2026, Categorías: Intercambios Autor: Mario, Fuente: TodoRelatos

    ... estoque sin dar muestra de rechazo. Los miraba con el orgullo propio de un maestro, era mi obra; no había tenido ocasión de verla medirse con un hombre de su nivel y por Dios que Gerardo lo estaba. Continuó atravesándola, haciéndole tragar aquella envidiable pieza, mostrando la verdadera dimensión de su virilidad cada vez que salía por la boca.
    
    Llegó el punto de no retorno, la estaba follando sin piedad, resoplando como un animal. Al llegar al clímax, la apartó bien sujeta por la melena y apuntó a la cara. Mi niña cerró los ojos, mantuvo los labios entreabiertos y esperó. El semen cruzó el espacio y se estrelló en el rostro haciéndola temblar en cada impacto; Gerardo acortó la distancia a medida que menguaba la potencia de los disparos; yo quedé ausente viendo la similitud entre el goterón de la barbilla y el que amenazaba con caer del glande, ¿cuál de los dos se descolgaría antes?, era absurdo teniendo cosas más graves de las que ocuparme. «Límpiame», le ordenó, ella lamió lo que estaba a punto de desprenderse de la punta, a continuación se la chupó con glotonería mientras ordeñaba el tronco para extraer los últimos restos.
    
    —Serás puta, me estás poniendo cachondo otra vez. Vas a dejarme seco.
    
    Le ayudó a levantar. Estaba preciosa con el rostro surcado de trallazos de semen. Entonces hizo algo fascinante: se limpió la barbilla con dos dedos y los chupó. Gerardo me miró, no hicieron falta palabras para entendernos: «¿Has visto lo que yo?»; «Lo he visto»; de buena gana ...
    ... habría exclamado: «Esta es mi chica». Gerardo recuperó la posición en sus pechos, los sobó en silencio mientras la estudiaba.
    
    —Buen trabajo; déjalo todo como estaba.
    
    Trató de guardarla, pero era demasiado grande y estaba demasiado dura, así que desabrochó el cinturón, abrió la cinturilla, bajó la cremallera y pudo maniobrar con soltura. Qué manejo tiene. Mientras tanto, él recogía lo que resbalaba por el rostro y se lo llevaba a la boca, ella lamía obediente los dedos sin perder la atención a su tarea. Le colocó la camisa con esmero, cerró el pantalón, cinchó el cinturón y se detuvo. Fue un tiempo eterno; para él, un tiempo de doma; para nosotros, una experiencia que el tiempo nos permitiría ver con perspectiva.
    
    Sin previo aviso la soltó.
    
    —Te recojo a las ocho.
    
    Nos quedamos en silencio hasta que el tronar de la moto se apagó a lo lejos.
    
    —¿Por qué lo has permitido?
    
    Tenía en las manos la blusa, con ella se limpiaba el semen del rostro.
    
    —¿Qué parte?
    
    —¡Carmen, por Dios! Por qué has dejado que te abofetee.
    
    —Qué más da. Porque me paga.
    
    —¿Es razón suficiente?
    
    —No lo comprenderías.
    
    Qué tenía que comprender. Allí, delante de mí, desnuda, provocativa sin pretenderlo, se limpiaba la cara y me miraba de una forma obscena sin intención de serlo. Con el cabello desordenado como lo hubiera compuesto el estilista de una escena porno, me retaba a entenderla.
    
    —Si vieras la cara de golfa que tienes… —dije, sofocando un arrebato de gozo.
    
    —Será porque ...
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