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Diario de un Consentidor 200 Soledades
Fecha: 04/08/2026, Categorías: Intercambios Autor: Mario, Fuente: TodoRelatos
... los chicos que se burlaron eran los típicos perdedores, los que no se comían una rosca, aquellos que de verdad valían la pena pasaron tanto del mote como de las envidiosas y siguieron tratándome igual que siempre. —Menos algunos que intentaron comprobar si era cierto lo de la bultaco, ¿verdad? —No sigas por ahí. —me amenazó, entendí que había cometido un gran error, pero ya era tarde para enmendarlo. Si quedaba alguna posibilidad de reconciliación, la había hecho saltar por los aires. —A ver, a ver, eso me interesa. —entró Diego al trapo. —¡Se acabó la fiesta, ya os habéis divertido bastante a mi costa! —Eh, baja esos humos, se acaba cuando yo lo diga. ¿Dónde vas? —Me marcho. —Tranquila, no te cabrees, ¡es una broma!, ya está, se acabó. Carmen forcejeó, poco a poco cesó de resistirse y terminó por dejarse envolver en sus brazos, estaba muy alterada, diría que estaba a punto de romper a llorar, cosa impropia en ella, solo el orgullo herido la contenía. «Déjame», insistió varias veces antes de ceder a las caricias, necesitaba apoyo y lo encontró en él, Diego aprovechó su flaqueza y se esforzó en ganársela con cariños y palabras al oído que la calmaron, ella escuchaba, asentía con la cabeza, los demás observábamos la escena preocupados. Lamentaba lo que había provocado, quería disculparme, llevármela de allí, ser yo quien la consolase mas no podía acercarme. Después de unos minutos volvió de la mano de Diego dócil, a merced de lo que él quisiera. no era ...
... la misma chica arrogante que había venido al Penta a imponer condiciones. —Bueno, pasó el enfado. ¿Amigos?, no quiero malos rollos. Nos miramos, Había una distancia insalvable entre nosotros, aun así, dijimos que estaba todo bien. Diego volvió a la carga, seguía en sus trece: mimetizar a las chicas para su propio beneficio. —A ver, ¿por dónde íbamos? Quedamos en que a ti te cortan el pelo como lo tiene la nueve y a ti te dan un rizadito, les diré que te arreglen el hámster igual que el de Candela, una lástima. —¿Por qué no lo dejas? —salté irritado. Me ignoraron. Curro bromeó con comerse el albaricoque, ella le asesinó con la mirada. Diego las había vuelto a emparejar, les palpó los pechos sopesando volúmenes y formas, una teta en cada mano. No podía evitarlo, a pesar de todo me gustaba lo que estaba ocurriendo. —Así como digo que hay que cortar, aquí hay que poner, ¿sabes lo que te digo? —me miró estrujándole la teta a mi niña que reaccionó levantando el mentón con arrogancia— Ya me dijo que te gustan más los pechos de la siete. Carmen hizo un gesto afirmativo. No era cierto, ¡yo nunca diría algo así! —Tranquilo, lo vamos a solucionar. —No es verdad… —traté de rectificar. —¿Lo dijiste o no lo dijiste? —la interpeló y Carmen no dudó en confirmarlo. —Lo dije, le gustan más. —El resentimiento reanudó las represalias. —¿Ves?, tranquilo, es lógico —se situó detrás de Candela, le sujetó los senos con las palmas de las manos a modo de bandejas y ...