1. Diario de un Consentidor 200 Soledades


    Fecha: 04/08/2026, Categorías: Intercambios Autor: Mario, Fuente: TodoRelatos

    ... las piernas, las medias negras se deslizaban como una segunda piel, un velo opaco que terminaba justo donde el muslo se ensanchaba, de un negro intenso, tan profundo que parecía absorber la luz de la habitación acentuando la línea de las pantorrillas, subiendo como una promesa tácita. La había visto ponérselas; el elástico, suave y discreto, las mantenía firmes en su sitio, sin una sola arruga, como si hubieran sido creadas para ella. Bajo el tejido oscuro, la piel se adivinaba apenas creando un contraste sutil que las hacía más que una simple prenda: eran un secreto, una capa de misterio.
    
    —¿Vas a saludarme como es debido o te da vergüenza porque está tu marido delante? No te cortes, lo tenemos todo hablado, ¿es así, socio?
    
    Asentí. Hubiera querido no hacerlo. Carmen no lo vio, seguro.
    
    —En tu casa sigue siendo la señora Rojas, eso no lo voy a discutir, pero en la mía es…
    
    Se llevó la mano a la oreja para hacerme decir lo que una vez acordamos. Respondí, ¡respondí, joder, respondí!
    
    —La nueve.
    
    —¡Mario! —murmuró indignada.
    
    ¿Por qué no cerré la puta boca? Aún hoy me lo sigo preguntando. Por el turbio placer que me provoca entregarla, porque no controlo cuánto me gusta verla en manos de otros hombres. Es la prueba fehaciente de la debilidad a la que conduce una dependencia, nos vuelve incapaces de mantener compromisos al punto de violar promesas que no deberían ser rotas.
    
    —Eso es. Ven aquí y saluda a tu jefe, nueve.
    
    Una vez dije: la mujer, movida por el ...
    ... despecho, acaba dañándose a sí misma. Carmen me miró buscando apoyo y al no encontrarlo tomó una decisión que lo cambiaría todo.
    
    —¿Es lo único que vas a decir, que soy la nueve?
    
    —Carmen, joder, no es para tanto.
    
    —¿Conque no...? Pues si es lo que quieres…
    
    Se quitó la cazadora y la cogí al vuelo, se acercó a Diego contoneando las caderas, insinuándose, le echó un brazo al cuello, solo uno, el otro quedó suelto a lo largo del cuerpo, y lo besó. Diego la enlazó por la cintura, a medida que el beso ganaba en intensidad comenzaron a moverse como si danzaran una música que solo ellos podían escuchar, la venció hacia atrás colgada del cuello, pegada a su boca siguió el movimiento oscilante que le imprimía, tras un largo intervalo la incorporó y se miraron satisfechos. Curro, el fiel ayudante silencioso, seguía en la puerta observándolo todo. Carmen seguía colgada del chulo ajena a mí. Yo presenciaba la escena envuelto en una nube que me alejaba; si pudiera volver atrás… La condujo al sofá, se sentaron muy arrimados, ella le acariciaba el pescuezo con los dedos, no dejaba de mirarle a los ojos como si quisiera devorarlo, esos ojos negros de pestañas tupidas que me había confesado le atraían como un imán; había cruzado las piernas sin cuidado, los muslos quedaron desnudos hasta donde el sofá marcaba el límite, Diego los acariciaba jugando con la banda de presión de la media, Carmen respondía con besos cortos y murmullos que no alcanzaba a escuchar, me hablaron, señalaban el ...
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