1. ¡La Concha de mi Hermana! [11]


    Fecha: 14/08/2026, Categorías: Incesto Autor: Nokomi, Fuente: TodoRelatos

    ... resto de mi vida.
    
    ¿Y por qué no vas a conocerla, Abel? ¿Qué problema hay? No es que esté casado (como ella) y ya no tengo novia. Sin embargo……no me animo. ¿Qué mierda me pasa?
    
    Sí, sí… ya sé lo que pasa. No puedo engañarme a mí mismo. Me da miedo de que esta aventura repercuta en mi trabajo. Si Stella se entera que me cogí a una mujer casada, seguramente lo celebra, con champagne y todo. Pero si mis compañeros de trabajo comienzan a hablar de esto en los pasillos… y los rumores llegan a la cúpula directiva… voy a tener un gran quilombo. Rómulo Artiaga, el director de la empresa es un tipo muy conservador. Hace unos meses echó a dos empleados por cometer “adulterio en horario de trabajo”. Un hombre y una mujer casados, que engañaban a sus parejas en pleno horario de oficina. Eso era inaceptable para el señor Artiaga.
    
    Siempre me esfuerzo por lucir profesional cuando lo veo entrar en el edificio. Un hombre entrado en kilos, cuya corpulencia no le quita ni un ápice de respeto. El traje gris le queda impecable, hecho a medida. Ya quisiera yo tener trajes hechos a medida.
    
    No, no puedo permitir que una simple calentura arruine mis chances de ascenso.
    
    “Así te voy a esperar cuando nos veamos”.
    
    Junto con el nuevo mensaje de Marcela venía una foto. Ella en cuatro patas, sobre la cama, con medias y portaligas. Se abría las nalgas con las manos, tenía la concha chorreando de humedad y el culo bien dilatado, como si una verga hubiera estado allí dentro apenas unos ...
    ... segundos antes. Tengo que pensar cómo encontrarme con ella… sin poner en riesgo mi trabajo. Algo se me tiene que ocurrir.
    
    * * *
    
    El cartel decía “Fantasía Total – Disfraces y Accesorios” con unas letras rojas brillosas que parecían escritas con mermelada y glitter. Había dos estrellitas doradas parpadeando en los bordes, como si intentaran convencerme de que entrar a ese local era divertido, inofensivo. Que no tenía nada de raro.
    
    Una vil mentira, al menos para mí.
    
    La vidriera era un delirio. Había un pirata con un parche de plástico y una espada que se notaba más hueca que mis ganas de estar ahí. A su lado, una enfermera con la pollerita tan corta que ni en carnaval te la ponés sin dudar un poco. Un Frankenstein desinflado, con la cabeza medio torcida. Y una diablita, por supuesto, siempre hay una diablita en todas las fiestas de disfraces. Esta venía con tridente rojo, corset con lentejuelas, cuernitos y medias de red. Si esto era una promesa de fantasías, más que total, era desesperada. Cualquier mujer que se vistiera con eso estaría diciendo a gritos: Vine a coger… y a que me cojan.
    
    Me quedé ahí, clavado como un pelotudo, mirando los maniquíes como si fueran a darme una señal. Tenía las manos en los bolsillos, la capucha puesta y el corazón latiéndome en la garganta. ¿Qué carajo estaba haciendo ahí? “Vamos, Abel… ya estás grande para estas pelotudeces”, me repetía incesantemente.
    
    Podía dar media vuelta. Podía volver a casa, sacarme este nudo del pecho y olvidarme ...
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