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La grieta
Fecha: 25/08/2026, Categorías: Incesto Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
Sona había creído que la maternidad sería un refugio, un muro firme contra sus vacíos. Convencida de que su cuerpo solo servía para alimentar. Pero en diciembre, con su hija de diez meses dormida en la cuna y Cristian ocupado en el papel de padre amoroso, comenzó a descubrir que no era solo madre ni solo pareja: dentro de ella latía otra mujer, peligrosa y deseosa, que esperaba ser liberada. La casa modesta que habían conseguido se alzaba pared con pared con una fraternidad universitaria. En cada fiesta, la música, las risas y el olor a cuerpos jóvenes la atravesaban como un recordatorio cruel de todo lo que la vida le había arrebatado. Sin embargo, lo que comenzó como molestia pronto se transformó en un estímulo. Cada carcajada al otro lado del muro parecía despertar en ella un calor inesperado, un cosquilleo en la piel, un pulso que no se apagaba ni con el llanto de su hija ni con los abrazos cansados de Cristian. Y en ese terreno prohibido, Sona se sorprendía a sí misma ardiendo, latiendo como si el deseo fuera una corriente imposible de contener, sintiéndose por primera vez esaputica oculta que siempre había callado, liberada al fin en el calor de su entrega. Con la respiración entrecortada, metía sus manos dentro de la blusa y se masajeaba los pechos con ansiedad, como si quisiera arrancar de su propio cuerpo todo lo que había callado durante años. No quería ser esa mujer. No quería traicionar la calma que tanto había intentado construir. Así comenzó la ...
... grieta. Un quiebre íntimo, silencioso, que pronto la llevaría a vivir aventuras prohibidas, encuentros personales que le enseñarían que el sexo no solo podía desarmarla, sino también enamorarla de su propia fiereza. Aquella noche de diciembre, Sona volvió antes de lo habitual del turno. El frío la obligaba a caminar más rápido por las calles silenciosas, y cuando abrió la puerta de la casa, la tibieza del interior la envolvió como un alivio. No hizo ruido. Había aprendido a entrar en silencio, porque muchas veces encontraba a Amanda ya dormida o a Cristian medio vencido frente al televisor. Pero esa noche fue distinta. Desde el pasillo vio la escena: Cristian en el sofá, la televisión encendida con algún programa sin importancia. Amanda, acurrucada sobre él, envuelta en una manta, con la cabeza apoyada en su hombro. El brazo de él rodeándola con naturalidad, como quien quiere darle calor, y ella encajando perfectamente contra su pecho, respirando tranquila, como si ese abrazo fuera el lugar más seguro del mundo. Sona se detuvo en seco. Fue solo un segundo, pero la imagen se le quedó grabada con la fuerza de una revelación. No era que hubiera algo indebido en ese gesto: era la inocencia de lo cotidiano, la complicidad de un padre y una hija. Sin embargo, en sus ojos cansados, en su piel sensible, aquello se transformó en otra cosa. Sona tragó saliva. No quiso mirar más, pero no pudo apartar la vista. El contraste era insoportable: ella, en la penumbra del pasillo, ...